CONDENADO

Paso la noche, muerto de miedo y condenado, entre los monstruos de mis sueños: el entrañable, el autor, el follacabras… Dormido entre fantasmas, no entre mis sábanas, pido la tregua y fumo mi camello. Hasta el humo se vuelve espantoso horizonte de agujeritos negros. Por las rendijas de puertas y ventanas, gotas de viento cruzan sin saludar a nadie. Mariposas se creen mis orejas que, de mosquitos llenas, zumban, zumban, zumban… Y acosado por la devoración triforme de estos fénix sin nombre, cuyo prepucio grana busca la media naranja del moflete, mi cabeza cubro con el yelmo o celada de mi almohada.

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CONDENADO

Ya no espero más saqueos, ni voluntario ofrezco las hespérides que separé en mi cesto ¿qué importancia tiene ya? No quemará paradisíacas promesas y cielos prometidos, nunca más, ni me acostumbraré al comercio forzado de la doméstica vida. ¿Qué ha cedido?, ¿en busca de qué? Ya acabé con las cortas mangas del porvenir, ya arrojé sus repugnancias descriptivas como espesa lava. Exasperada, mi causa, se va soñando sola, como el rayo que cae en el desierto. ¿Aparecía en sus preocupaciones fantasmales? Bajé de los limbos y por las fogatas inspirado me siento. Arde, arde. Pero, pensemos, aparte de cizaña e innobles corazones ¿qué nos queda? ¿Os parece que, embarcado, ya no trabajaré su almita para que llegue bella, segura, reina, simple? Hoy, de nuevo, desvelaré la llama de las revoluciones y por fin viviré en la claridad de las noches en que antes sequé, sin saberlo, el negro pozo de la desesperación.

Saint-Yves d'Alveydre

Quienquiera que sea
ladra la hora,
las horas muertas
de viernes a viernes,
fantasma de esta casa,
tierra sobre tierra.

Samael

Soy el fantasma de esta casa. Mi nombre es Samael. Hoy, como siempre, he dedicado mi tiempo a la higiene, la mía y la de la casa. Por extraño que os parezca la higiene de un fantasma y su mansión es extraordinariamente prolija y delicada. Incluso estando las veinticuatro horas sin dormir, como es mi caso, el día no es suficiente para acabar con todas las tareas domésticas y de higiene personal.
Imaginaos además como puede ser la cosa cuando el día no tiene ni principio ni fin. No puedo empezar, como la mayoría de los mortales, diciendo: “comienzo el día con una ducha para despertar mi cuerpo y mi espíritu dormidos”. No, en absoluto. Primero porque no tengo cuerpo y segundo porque no duermo, ni descanso y además no es que necesite una ducha, es que necesito pasarme el día entre el trapo de limpieza y la alcachofa de la ducha que, por cierto, está rota y no deja de gotear, la maldita condenada.
Esto nos ocurre a los fantasmas, seguramente, por nuestra inveterada y estúpida costumbre de habitar casas abandonadas. Una costumbre a la que, la verdad, nunca encontré explicación, sobre todo porque las casas deshabitadas son, además de sucias, extremadamente frías y solitarias. No es de extrañar que entre nosotros hayan surgido algunos que se oponen de forma irresponsable y caprichosa a tal designio.
En fin, mi trabajo diario consiste en mantener la mínima decencia, pero no creais que soy un maniático de la limpieza y del aseo. Me basta con mantener la mínima decencia de una casa de fantasmas como se debe.
En lo concerniente a la limpieza, por ejemplo, lo de las telarañas es quizás lo más agotador y exasperante. Esas condenadas ariadnas son muchas y yo sólo soy uno. Así que me veo obligado a recorrer todos los rincones de la mansioncita: dieciseis habitaciones con sus correspondientes cuartos de baño, cinco salones con sus correspondientes chimeneas y ventanas, la leñera, la cocina, la despensa, el horno, la bodega, los desvanes, pasillos, entradas y entraditas… sin contar con las cuadras, pocilgas, jardines, y demás anexos… Es extenuante.
A veces he pensado en contratar servicio doméstico, pero he descartado inmediatamente la idea pues entre los fantasmas no está bien visto, especialmente si eres un fantasma tan sucio y podrido como yo.
En cuanto a la higiene personal y al contrario de lo que pueda parecer, sin cuerpo uno se siente sucio cada dos por tres, pues el espíritu no se limpia así como así. Te das la ducha en que limpias aquel asesinato que te reconcomía desde hace siglos e inmediatamente descubres otro más atroz, si cabe, que habías olvidado debajo de aquel. Cada ducha delata en mi sábana nuevos horrores cometidos, nuevas infamias, nuevas tachas, nuevas sangrientas manchas. Y para colmo, a la mansión le sucede lo mismo, esconde tras cada mancha, tras cada rincón infinitas capas de sucias historias con las que, aunque no sean mías, uno no puede convivir alegremente. Me veo, así, obligado a alternar mi propia higiene con la limpieza del sitio donde habito con el único fin de mantener, aunque sólo sea, la decencia necesaria.
Aunque a estas alturas ya trascurridos largos siglos, no sabría decir si realmente nos higienizamos mutuamente, o por el contrario, lo que ocurre es que cuando yo me limpio, estoy ensuciando la casa de nuevo y cuando limpio la casa, me ensucio yo de nuevo, como un condenado y fantasmal prometeo.

CONDENADO

Alzo mi copa, dije. Y pronuncié su condena. Aquel hipnagógico rábano del onanismo sacó su bota de patán y, paralizado, como una momia del pasado comió sus vísceras. Rememoré las tetas y el sexo de mi diosa para aligerar la visión de aquel Prometeo de entresijos. Buena nota, chaval, le dije. En el mar del delirio nadie soporta la idea, remaché. El sudor corría por su frente, dejó de comer. Mi memoria estaba en fiesta con nuestra diosa. Buena nota, chaval, le dije.

fontfranch dijo:

Como negándose a asimilar la revelación sagrada que acababa yo de pronunciar, mirome con sus ojos tan azules como asépticos y musitó unas extrañas palabras en una jerigonza indescifrable. Los ojos de la congregación de heresiarcas presente se fijaron en él, en mí, en ambos, como si siguieran con fervor una partida de pingpong entre dos fantasmas venidos a menos.
Dejó a medias su ración de ubres de cabra rellenas de callos de cordero, levantose de la mesa, fue hacia la puerta y girando aquellos pomos con forma sugerente de seno, se fue dando un portazo; mientras, yo permanecia callado, estoico, frente a las miradas de los congregados.

CONDENADO

Sin aliento, dejo el cabello chino con color a desagüe y, errante, intento escribir, como un fantasma, el libro que mi musa me dicta. Nadie dice nada nuevo, olor a página de siempre. El presente, satanes, es semen derramado como sopa en un sueño sobre la teta o el vientre de una yegua. Web bye.

CONDENADO

Me pesa el aliento, los satanes somos así, el aliento de plomo nos delata. Por fin el chino me muestra la teta de plástico. Anoto en mi libro la sensación de su olor y sueño con mi musa. El color va a tono con mi página web. Bien. Ya tengo un nuevo presente que regalarte junto al semen, pienso. Como un fantasma serviré la espesa sopa a mi yegua. Impregnaré su cabello como nadie y podré escribir sobre su vientre lo que, errante, un día envié al desagüe.

En el taller de mi cadáver

Aceptaré los cargos
de lesa estupidez
de mis verdugos.

Por simple rebeldía,
no volveré a recitar mis oraciones
ni las plumas con las que escribí el pasado
serán ya mis espadas.

Dejaré simplemente mis sagrados oficios
desvanecerse en los laureles.

Conduciré mi carro
hasta el vago adiós
de los cansados.

Me reiré de la banal cosmografía
de aquellos sacerdotes
de indigna tonadilla.

Como estos que escriben sus memorias,
serán insensibles mis lánguidas mañanas.

No amaré jamás
a larvas y parásitos
del salvaje escritor que quise ser.

Olvidaré mis inconcebibles vergeles de fantasmas.

No daré caza al dolor evangélico del cerdo,
mientras caen las madres
en el cansado final
de nuestras fuerzas.

Tan sólo trabajaré incansable
en el silencioso taller
donde fabrico mi cadáver.

La tontería y sus perfumes

Si no hubiera tragado
la bruma que amenaza
con el suplicio amargo…

Si hubiera bebido
mis fantasmas interiores
con cautela…

Si, desesperado,
no navegara
en el mar olvidado
de la tierna niñez…

Si las paganas delicadezas
pudieran ser solamente
la vasta sombra del edén…

Si no hubiera sufrido
el acostumbrado aburrimiento
de toda autoridad…

Si, en la habitación en que se juega
la larga partida de suspiros,
los congregados se cuidaran
de la envidia…

Si la eterna perfección
de los príncipes azules,
haciéndome oler
sus generosos vértigos,
me hicieran olvidar
qué triste es la tristeza…

…sabría gestionar
la tontería y sus perfumes.

SE IMPROVISÓ UNA MORGUE

Se improvisó una morgue en la casa más apartada del pueblo, los cuerpos se amontonaban como si fueran frutas podridas, comenzaron a llegar las gordas y verdes moscas que revoloteaban sobre los pies que sobresalían de las sábanas.

Nuestro trabajo consistía en acarrear con los cuerpos desde la plaza del pueblo, donde cinco horas antes habían sido ajusticiados hombres jóvenes, ancianos, mujeres e incluso algún anciano desdentado, todos ellos musulmanes.

Me asaltó una duda ¿en qué dirección se encontraba La Meca? Puesto que nos habían encargado que les diéramos sepultura, era de justicia que tuviéramos la precaución de enterrarlos mirando a La Meca, aunque ¿de qué sirve mirar si ya no hay nada que ver?

Entablé una discusión con Padov puesto que él se negaba a enterrarlos conforme a sus creencias, al final le convencí, los pusimos envueltos en un sudario blanco, paralelos, con las manos cruzadas sobre el pecho y mirando a la Meca.

Aquella jornada fue agotadora, me lavé la cara y las manos con furia, el olor y la visión de todos esos cuerpos no dejaron que pegara ojo en toda la noche.
El General Mislov, mientras tanto, daba cuenta de un copioso almuerzo en el único restaurante que se encontraba abierto.

El fantasma colectivo de aquellos muertos me velará cada una de las noches que me queden por vivir.

Las familias de los cuerpos que yacían a dos metros de sus pies se consolaban las unas a las otras como queriendo descubrir un sufrimiento mayor en el rostro de los demás. Pero, en el fondo, ellos sabían que todo formaba parte del mismo engaño, del mismo dolor, de la misma miseria.

Enterraron la cabeza de Sigou bajo un cedro gigante y, a pesar del tiempo transcurrido, seguía siendo tan abierta de mente como siempre. Sus pensamientos no habían cambiado respecto de nosotras. Regresamos a la ciudad, después de haberla limpiado cuidadosamente. El tiempo no había hecho grandes estragos en su cerebro, y emprendimos el largo viaje. En el horizonte se divisaba un atardecer esplendoroso.

Aquellas riberas eran de un amarillo quemado. Subimos hasta las colinas y nos quedamos contemplando el espectáculo de colores que el cielo nos regalaba en ese momento. Se respiraba olor a verdadera tierra mojada y extasiados por aquel inesperado goce de los sentidos mantuvimos un largo y contemplativo silencio.

Por lo general, cuando recuerdo el día en que terminaron las guerras internas, tengo la impresión de haber hecho el mismo recorrido que el día en que Petra vino a visitarme a mi casa y se quedó plantada en la puerta de la calle. Desde la bifurcación, era difícil encontrar otra vez el camino de vuelta a casa.

Afortunadamente mi orientación era entonces más instintiva que lo es ahora y, tras varios días, logré llegar al pueblo. La guerra hacía estragos allí también y no pude quedarme durante mucho tiempo. No lograba mi objetivo. El país arrasado, Petra de nuevo perdida o quizás algo peor. Aunque yo bien sabía que era muy capaz de sobrevivir en las condiciones más extremas, no estaba ahora tan segura. Todos perdimos parte de nuestros instintos. Eramos más débiles. Pregunté de nuevo por Petra, antes de mi partida, y nadie me dio señales de ella. Había perdido definitivamente todas las referencias.

[Este post es para crear una novela colectiva de forma hipertextual. Los primeros párrafos son de aportación colectiva. Debes añadir tu texto continuando el hilo por donde lo dejan los demás…]

Ouiha

La ouiha es un teléfono inalámbrico para el más allá cuya compañía telefónica es algo fantasma.

Errante mar

No brama ya la bruma,
mas se oye el clamor
de horizontes de espuma nacarada,
de cascos y jinetes enturbiados
en sombrías y atroces soledades,
extravagante cabalgar sobre tinieblas,
suave rumor del aire, escalofrío…
Se desprenden las voces
de la triste neblina fantasmal
y queda el mar -tan solo el mar-
errante cementerio del marino.

EL PIRATA VIEJO

Por fin llegamos a las islas bienaventuradas. Deseosos de bajar, abandonamos las tareas marineras antes de tiempo. Al desembarcar un pájaro nos auguró la incertidumbre del paisaje, sin embargo corrimos hacia los ansiados antros de la lujuria.

Ahora que no viene el sueño y, mientras fumo el último habano, recuerdo aquella noche en el cabaret, entre el humo y el sabor a carmín, el rancio olor de la madera y el pegajoso calor del Sur. Ahora, mientras atizo los carbones, aún oigo la música. Estabas allí. El vestido negro escotado y tu coquetería de gallina. Yo era como un adorno, quizás tu perrito de compañía. Enseguida te olvidabas de mí. Te miraba a través del cristal del vaso que yo vaciaba trago a trago. Era mi canina actividad, entre el tráfago de sonrisas, gestos inútiles y mutuas complacencias con patas de la hipócrita vida social. Y luego el olvido, el sueño, la resaca. Ahora ejercito esa misma canina actividad sin ver más que fantasmas ahogados tras el cristal del vaso. Bebo el penúltimo trago y de nuevo me asalta una inquietante palpitación. Miro de reojo a mi alrededor a la vez que me apuro con un sorbo más largo y más rápido.

De nuevo la niebla ensombrece la luz de la luna. El viento en cambio se ha calmado. Ya no traquetean las ventanas con ese horrísono palpitar de ogro palmípedo. El fuego crepita aún más vivamente que antes. Acerco el butacón a la chimenea. Me acurruco en él poniendo una manta sobre mis piernas. Quizás se acerque el sueño. Un trago más… El último. Intento dejarme hipnotizar por las llamas y llegar al último recuerdo.

Era sin duda la incertidumbre del paisaje de aquellas islas la que nos hacia zozobrar todas las noches en tu cama. Ahora lo comprendo, después de tantos años y de tantos naufragios amorosos.

Alfaragüí

Ahasvero Alfaragua! es mi yo femenino, sediento, fantasma y con atavismos moros

ala!

La paloma sus fantasmas bate.

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