Del trono al banquillo sólo hay un paso. Del escusado al trono no vas tan rápido.

Que frìo paso ,que frìo tengo… Va a subir la luz un 2%,

Tus pasos son oasis.

Estoy de acuerdo con todos los pasos excepto…

Estoy de acuerdo con todos los pasos excepto el ultimo, no hay que ser optimistas hay que ser realistas, si vemos algo que nos desconforma no le vemos el “lado bueno” , lo cambiamos para que sea bueno.

Valeeeeee ahora una real que me paso el…

Valeeeeee, ahora una real que me paso el viernes:

  • “llámame en cuanto me necesites. Sé lo mal que estas”
  • ¿Podemos hablar un momento?
  • No, ahora no tengo ganas.
  • Po favor. yo si quiero hablar.
  • No, no tengo ganas.

(Es totalmente cierta. Se dió entre una “amiga” que me ofrece su atención y yo)

Doy
un
paso
tranquilo.
Evapórome.
No queda nada perdido
no quedan vestigios del sentir pletórico
entre los ecos ni el crujir del bruxismo sobre sus opacos dientes.

Siete pasos para la felicidad 1 Piensa menos…

Siete pasos para la felicidad: 1) Piensa menos siente mas 2) frunce el seño menos, sonríe mas 3)Habla menos escucha mas 4) Juzga menos, acepta mas 5) Mira menos, haz mas 6) quéjate menos, haz mas 7) Teme menos, ama mas

El ser da paso al estar y, de ahí, al actuar; para finalmente, esperar

La noche llega a paso de montaña
(V.H.)

No quiero ser un paso en falso ni una mota de polvo en un viejo álbum de fotos.

REPASO Y REPOSO

Dicen que cuando mueres
ves pasar toda tu vida en un instante.
Yo la repaso todas las noches en mis sueños
para no olvidarla en aquel crucial momento…

ZARATUSTRA

Atravesando el caos
con amores ridículos
cantó la noche un alma
aullando la impudicia.
Amaré lo que soy,
dicho sea de paso.
Así habló Zaratustra,
profanador del todo,
tan risible como arrogante
en el agua encallada.

MI EPOPEYA RÚSTICA

Nací a las 12 de la noche de un 29 de marzo de 1964, en el oratorio de la Casa grande o Casa de los Manrique. Un oratorio o capilla de la casa solariega de Rodrigo Manrique, en la que su hijo, Jorge, vivió su feliz luna de miel, y que en mi época había sido mancillado, convirtiéndolo en el dormitorio principal de una parte de la casa, que ahora era una corrala de vecinos, de la que mi abuela materna era propietaria de una cuarta parte de la misma.
Nací pues en un pueblo de La Mancha que había recibido sucesivamente el nombre de Belmontejo de la Sierra, Belmonte y finalmente Villa de Los Manrique o Villamanrique. Un pueblo que, en pleno siglo XX, aún permanecía en la Edad Media. En una época más degradada y mísera aún que aquella debido a los estragos de la postguerra española. En la más oscura y profunda España, católica, apostólica y romana, en un lugar de La Mancha, entre la Sierra de Alcaraz y Sierra Morena, de la que me acuerdo con más nubes que claros. Una tierra en donde los maquis y los bandoleros seguían siendo un tema de conversación habitual. En donde las historias de la guerra civil aún estaban vivas y no habían cicatrizado. En donde la pobreza y la roña eran aceptadas como lo más natural del mundo. Un mundo donde no era difícil encontrarse con quinquis, latoneros, familias de cíngaros ambulantes y gitanos sedentarios. Una tierra de paso, el natural entre Andalucía y la Mancha, llena de caminos polvorientos, de repoblación y despoblación, en la que también había “jaros” procedentes de Europa que Franco había traído para “repoblar” y hasta viejos bandoleros de Sierra Morena. En fin, una honrada y leal villa de la España franquista, a la que no llegó la guerra pero sí sus rencillas, enfrentamientos y consecuencias. Un lugar de paso, en el que nunca nadie ha querido permanecer durante mucho tiempo, un territorio sin raíces y sin historia. Un paso fronterizo durante siglos entre moros y cristianos. Una tierra periférica dejada de la mano de cualquiera que por allí pasase, incluidos Don Quijote y Santa Teresa. Una comarca de soles, vientos y piedras oxidados y olvidados, sin más novedades que las pasajeras y aventureras nubes.
De mi familia paterna sé, según contaba mi padre, que procedía de Andalucía. El primer Alfaro que, según él, había llegado al pueblo era el llamado Abuelo Carbonero, un hombre, al parecer, listo y emprendedor que debió hacerse con una buena cantidad de tierras serranas, vírgenes y sin roturar, que mi familia paterna fue convirtiendo en olivares a lo largo de varias generaciones. Yo mismo me enorgullezco de haber participado junto con mi padre en esa epopeya familiar, en esa conversión de una sierra pedregosa, pobre y arisca en productivos y ordenados olivares, plantando, mano a mano con mi padre, 300 olivos, quizás los últimos 300 que se han plantado ya en la familia. Yo por lo menos no pienso plantar más. A los catorce años se acabó mi rural y bucólica epopeya. Yo también estaba allí de paso. De paso hacia ningún sitio.

He decidido asesinarte Asesinar todo lo que has…

He decidido asesinarte. Asesinar todo lo que has sido para mí. Mírame bien. Es en medio de este flamenco que consume mi baile, el rasgueo de la guitarra me guía, me uno a esa melodía mortal que me invade, que me conduce a un estado de éxtasis en donde mis pasos poco a poco acaban con tu recuerdo, no quiero que quede nada, absolutamente nada del amor de ayer. Te odio. Odio que te encuentres en los latidos de mi pecho, en el ritmo acompasado de mis venas, odio sentirte en mi sangre y cada vez que cierro los ojos me colmes por completo. Acabaré con lo nuestro del único modo que conozco: entregándome a la pasión de este fuego que no tiene fin. ¿Por qué me miras así?, ¿no era eso lo que querías?, vernos morir hasta las cenizas, pues te lo concedo, pero vas a tener que contemplar hasta el final esta última dedicatoria. Veo tus ojos negros cargados de tanta ira como amor, no te reconozco de otro modo más que ese, tus dos caras en una sola, y por eso te amé, te amo, observo tu rostro y me miras fijamente como si doliera, como si cada acorde de la guitarra fuera una puñalada certera, y así es, hemos de morir esta misma noche, aunque me duela hasta el alma. Aun te siento en mí, el rastro de tu aliento impregnado en mi piel, eres parte de mi donde quiera que me encuentre, no puedo escapar de ti, por eso debo matarte, o moriré.

En nuestro nombre están todos los nombres,
y en nuestros pasos, todos los caminos.

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