“Mi nombre es como el de todas las…

“Mi nombre es como el de todas las cosas: sin principio ni fin, y sin embargo, sin aislarme de la totalidad por mi evolución distinta en ese conjunto infinito, las palabras más cercanas a nombrarme son NAHUI-OLIN”.

YO ME BAUTIZO

Un día, no recuerdo cuál, decidí bautizarme yo mismo. Estaba hastiado de que cualesquiera impresentables, empezando por mi padre, pudieran llamarme como les diese la gana a ellos. No señor. No quiero llamarme como los demás elijan, en muchos casos, y gracias al desgraciado nombre de bautismo que eligió mi padre, para burlarse de él, para deformarlo y ridiculizarlo. No señor, me niego a llevar esa cruz. Yo soy libre, puedo elegir, puedo bautizarme como a mi me de la gana. Desde entonces tengo el nombre de bautismo que yo me he dado. Y además todos los nombres que me apetezcan, cada día uno, si quiero. A la mierda, podéis llamarme como os de la gana, pero nunca sabréis el nombre con el que yo contestaré hoy. Es mi impostura frente al mundo, frente a todos vosotros.

MARATĂ“N DE SUEĂ‘OS

Cuando por fin la humanidad entendió que la realidad había que dejarla, no tocarla, que nada cambiaría para bien de todas formas, que nada sería como esperábamos, el físico teórico expuso su gran teoría, de nuevo, ante el auditorio mundial, que seguía la retransmisión desde todos los rincones del planeta, mediante el InterSphere.
El rico Monopol, patrocinador de todo, que también entendió que su gran riqueza tampoco servía para poseer el mundo, que en realidad, aunque todo el globo terráqueo estuviera a su nombre y le perteneciese por completo, la verdad es que ni siquiera lo que tenía cerca y a su lado le pertenecía, pues ni siquiera su perro le pertenecía, y había muerto, a pesar de los tres mil cirujanos que intentaron revivirlo.
InterSphere estaba conectado globalmente, todos habĂ­an sido sometidos a Ă©l. El fĂ­sico comenzĂł su discurso y todos lo escuchamos subyugados. DespuĂ©s de una larga demostraciĂłn, que nadie entendiĂł pero que segĂşn los más sabios, era incontestable, infalsable, definitiva… concluyĂł su teorĂ­a diciendo: asĂ­ pues no podemos cambiar el mundo, ni poseerlo, sĂłlo podemos soñarlo, sin tocarlo siquiera, Monopol tendrá que soñar su perro, y todo el que de verdad quiera poseer algo debe Ăşnicamente soñarlo.
Fue entonces cuando a Monopol se le ocurrió organizar las Olimpiadas Oníricas Mundiales, cuya prueba reina sería un Maratón de sueños. Se soñó una mascota, se soñaron las diferentes pruebas olímpicas, se soñaron los equipos, los deportes, los símbolos, los kilómetros de sueños que había que hacer, se soñaron las diferentes pruebas y carreras oníricas, se soñaron por supuesto los diferentes estadios, las competiciones, las medallas. Todo era soñado cada día de nuevo. Milimétricamente soñado hasta el más mínimo detalle, incluidas todas las pesadillas dantescas de algunos recalcitrantes. Todo el mundo tuvo su prueba, su sueño o pesadilla exclusivos.
Y entonces ocurriĂł el milagro, la realidad dejĂł de pertenecer a nadie, ni siquiera a Monopol, pero los sueños pertenecĂ­an a todos. Por fin se hizo justicia: cada uno tenĂ­a lo que era suyo. Los sueños nos pertenecĂ­an, la realidad no. Al cabo de pocos años de sĂłlo soñar, la naturaleza empezĂł a ser generosa, el calentamiento descendiĂł en todo el planeta, los bosques volvieron a crecer, el clima se hizo generoso, el mar estaba recuperado y lleno de vida, las ciudades desaparecieron, la temperatura era tan benigna que no era necesario ni ropa, ni casas, ni transporte… porque todo se soñaba y los sueños eran cada vez más bellos, más perfectos, más armĂłnicos.

MOJO PIN

Bella mujer,
esencia del no en una escuela de calor,
canta con el rĂ­o entre dos aguas.

Todo está bien ahora, fe, visiĂłn… más que eso,
…ahora que sĂ© tu nombre,
quiero saber tu nombre verdadero.

Una visiĂłn, una marcha…
¿por qué esta tierra seca en momentos que brillan?

ÂżHay alguien ahĂ­ fuera?
La canciĂłn se acaba pero la melodĂ­a permanece aĂşn…
y cada lágrima es una cascada de agua marina.

Me siento bien o no,
todo depende de ti,
del buen vino tinto
y del moderno amor en Mojo Pin.

El Padre Juan, sacerdote ordenado en 1959, estaba a cargo de la Iglesia de Colonia General Paz desde mediados de 1977. HabĂ­a sido elegido para esa responsabilidad por el Obispo Igarreta, ambos eran fieles a la Obra de Dios, organizaciĂłn defensora de la moral y las tradiciones cristianas.
La comunidad de fieles, que habĂ­a sido muy numerosa, año tras año disminuĂ­a en cantidad ante el crecimiento de las Iglesias EvangĂ©licas. Esto no sucedĂ­a solamente en la Colonia, era una constante que se repetĂ­a en casi todas las ciudades del interior, y habĂ­a sido motivo de más de una reuniĂłn entre obispos y sacerdotes con iglesias a cargo… http://mariospina.wordpress.com/2010/12/22/nueve-%E2%80%93-en-el-nombre-de-dios/

Samael

Soy el fantasma de esta casa. Mi nombre es Samael. Hoy, como siempre, he dedicado mi tiempo a la higiene, la mía y la de la casa. Por extraño que os parezca la higiene de un fantasma y su mansión es extraordinariamente prolija y delicada. Incluso estando las veinticuatro horas sin dormir, como es mi caso, el día no es suficiente para acabar con todas las tareas domésticas y de higiene personal.
Imaginaos además como puede ser la cosa cuando el dĂ­a no tiene ni principio ni fin. No puedo empezar, como la mayorĂ­a de los mortales, diciendo: “comienzo el dĂ­a con una ducha para despertar mi cuerpo y mi espĂ­ritu dormidos”. No, en absoluto. Primero porque no tengo cuerpo y segundo porque no duermo, ni descanso y además no es que necesite una ducha, es que necesito pasarme el dĂ­a entre el trapo de limpieza y la alcachofa de la ducha que, por cierto, está rota y no deja de gotear, la maldita condenada.
Esto nos ocurre a los fantasmas, seguramente, por nuestra inveterada y estúpida costumbre de habitar casas abandonadas. Una costumbre a la que, la verdad, nunca encontré explicación, sobre todo porque las casas deshabitadas son, además de sucias, extremadamente frías y solitarias. No es de extrañar que entre nosotros hayan surgido algunos que se oponen de forma irresponsable y caprichosa a tal designio.
En fin, mi trabajo diario consiste en mantener la mínima decencia, pero no creais que soy un maniático de la limpieza y del aseo. Me basta con mantener la mínima decencia de una casa de fantasmas como se debe.
En lo concerniente a la limpieza, por ejemplo, lo de las telarañas es quizás lo más agotador y exasperante. Esas condenadas ariadnas son muchas y yo sĂłlo soy uno. AsĂ­ que me veo obligado a recorrer todos los rincones de la mansioncita: dieciseis habitaciones con sus correspondientes cuartos de baño, cinco salones con sus correspondientes chimeneas y ventanas, la leñera, la cocina, la despensa, el horno, la bodega, los desvanes, pasillos, entradas y entraditas… sin contar con las cuadras, pocilgas, jardines, y demás anexos… Es extenuante.
A veces he pensado en contratar servicio doméstico, pero he descartado inmediatamente la idea pues entre los fantasmas no está bien visto, especialmente si eres un fantasma tan sucio y podrido como yo.
En cuanto a la higiene personal y al contrario de lo que pueda parecer, sin cuerpo uno se siente sucio cada dos por tres, pues el espíritu no se limpia así como así. Te das la ducha en que limpias aquel asesinato que te reconcomía desde hace siglos e inmediatamente descubres otro más atroz, si cabe, que habías olvidado debajo de aquel. Cada ducha delata en mi sábana nuevos horrores cometidos, nuevas infamias, nuevas tachas, nuevas sangrientas manchas. Y para colmo, a la mansión le sucede lo mismo, esconde tras cada mancha, tras cada rincón infinitas capas de sucias historias con las que, aunque no sean mías, uno no puede convivir alegremente. Me veo, así, obligado a alternar mi propia higiene con la limpieza del sitio donde habito con el único fin de mantener, aunque sólo sea, la decencia necesaria.
Aunque a estas alturas ya trascurridos largos siglos, no sabrĂ­a decir si realmente nos higienizamos mutuamente, o por el contrario, lo que ocurre es que cuando yo me limpio, estoy ensuciando la casa de nuevo y cuando limpio la casa, me ensucio yo de nuevo, como un condenado y fantasmal prometeo.

El hombre acaba de pintar un cuadro Lo…

El hombre acaba de pintar un cuadro. Lo ha titulado “Alimento para peces o la materia que me une al mundo“. Es un cuadro largamente esperado; lleva trabajando en Ă©l toda la vida, de hecho, las capas se acumulan en Ă©l lo mismo que los años. Es El Cuadro por excelencia, un estudio donde se inician todos los cuadros que ha pintado a lo largo de su vasta vida de pintor. De tal forma se acumulan las capas sobre el lienzo que su espesor y su peso han llegado a ser considerables. El tĂ­tulo tampoco ha sido el primero, ni será el Ăşltimo que ha recibido: “Sol”, “SansĂłn”, “Gigante” fueron los primeros; los que vinieron despuĂ©s ya sĂłlo son recordados en los catálogos… El hombre le hace una nueva foto y la guarda en su fichero con el nĂşmero 18564. ÂżQuĂ© importa el nombre? Tan sĂłlo es una nueva capa de piel de la que se desprende su propio cuerpo.

Percy Ernst Schramm

Resulta irónico. Si hay algo que ha conseguido Serpiente es poner en jaque a todas las figuras de poder. Ya ha hecho que dimita el Comisario de Interior y varios altos cargos públicos. El propio Presidente está cada vez más acorralado por la oposición y yo misma he sido el resultado de la dimisión o cese de varios Inspectores anteriores, el último de ellos, precisamente, el Inspector cuyo nombre en clave es, o era, Percy Ernst Schramm.

Para hacerse desear de las mujeres

Tómese el corazón de una paloma virgen y hágase tragar por una víbora: la víbora morirá (jeje) de resultas, a causa del emblema de virtud e inocencia que representa la paloma, al paso que ella lo es de vicio y calumnia (jejeje); muerta la víbora (jejejeje), tómese su cabeza, póngase a secar hasta que no le deje olor, májese entonces en una almirez con doble cantidad de cañamón y tómense los polvos que resulten en un vaso de vino de cuatro años, al que se habrán mezclado algunas gotas de extracto de opio, conocido con el nombre de láudano. Con esto la tez se pone encendida, los labios de color rosa, y todas las mujeres lo desean a uno de cualquiera edad que sea. Esto es infalible y la prueba sale siempre bien con tal que se haga en día y hora conveniente.

(Secretos sacados del libro de Cleopatra)

CHIRĂ“N 4/5

Hoy P. está leyendo un libro, How we reason and why we make mistakes. La vemos sentada. Nunca sabremos si está viajando en el metro o lee cĂłmodamente en el salĂłn de su casa. SĂłlo sabemos lo que nos permite ver un ojo que Ăşnicamente registra sus movimientos, el contorno de su cuerpo y aquellos objetos que entran en contacto directo con P., todo lo demás se nos escapa, y tampoco entendemos esta caprichosa selecciĂłn de la realidad que nos impone el ojo de E., la persona —Âżes una persona?— que le sigue, que le observa desde cerca, tan cerca que podemos oĂ­r su respiraciĂłn, casi el latido de su pecho. No entendemos tampoco porquĂ© P. no es consciente de su perseguidor, de su espĂ­a, Âżquizás sĂłlo se trate de una diminuta cámara, instalada en una mosca electrĂłnica, quizás es sĂłlo el ojo de un mosquito que revolotea a su alrededor y que de alguna forma nos está haciendo llegar su percepciĂłn? Deducimos que hay una voluntad detrás de ese ojo y por eso tendemos a llamarle con un nombre, E., y a considerarle persona, independientemente del medio del que se estĂ© sirviendo para mantener vigilada a P. […]

CHIRĂ“N 1/5

Se preguntarán quiĂ©n soy yo. Voy a presentarme, mi nombre es E., de mi mismo sĂ© bien poco, estoy viviendo en una habitaciĂłn cerrada de la que no puedo salir, no sĂ© cuánto tiempo llevo aquĂ­ metido ni cuánto me queda por estar. El recinto donde me hallo está constituido por cuatro pantallas de televisiĂłn que forman las paredes del mismo, en el centro hay una cama donde descanso, una mesa donde como y escribo y, en una esquina, un retrete, una ducha y un lavabo. No sĂ© cuándo ni quiĂ©n pone la comida sobre la mesa y retira los restos, pues siempre lo deben hacer en mi más profundo sueño. En algĂşn momento he debido aceptar esta situaciĂłn pues mi mente no es consciente de que se me haya obligado a la fuerza a entrar aquĂ­. He perdido toda nociĂłn del tiempo y Ăşnicamente mis ritmos biolĂłgicos, probablemente desajustados, me dan la hora de los acontecimientos. Toda mi actividad consiste en contemplar las imágenes que se muestran en las distintas pantallas. No es que sea una obligaciĂłn, de hecho, puedo pasar mucho tiempo durmiendo, simulando que duermo —para ver si consigo engañar a la persona o personas que me traen el alimento— o simplemente simulando que pienso. Entre los objetos que me han dejado se encuentra un ordenador, al principio me pareciĂł estĂşpido e inĂştil, pero ahora paso mucho tiempo escribiendo todo lo que se me ocurre y tambiĂ©n lo que le ocurre a P. , nombre que he decidido ponerle a la persona que continuamente se me muestra en las pantallas, y lo que supongo que le ocurre o piensa L., nombre que, a falta de otro mejor, he decidido darle a la persona que me alimenta. […]

L.S.D. era yo.

SĂ­, lo habĂ©is leĂ­do bien, los Beatles no dedicaron esa canciĂłn a un ácido de la felicidad, ni siquiera a una tal Lucy. Las iniciales se corresponden con mi nombre, Lolita Sky Diamonds, y fui yo quiĂ©n les inspirĂł esa primera canciĂłn psicodĂ©lica. Fui yo quiĂ©n les hizo alucinar, como tambiĂ©n a los magnĂ­ficos ingleses Syd, Bob, Richard, Roger y Nick… ¡CĂłmo se fo…rnicaba entonces, y no ahora, en estos j… fastidiados dĂ­as de AIDS y virginidad!

El Color Furczia (de L.S.D.)

Hoy me he comprado unas braguitas nuevas. Son de un color extraño con un extraño nombre. He de decir que resultan enormemente cĂłmodas y me hacen sentir agradables sensaciones… tanto por delante como por detrás… pero sigo con un cierto mosqueo por el nombre de este color del que se supone que son. Se me ha ocurrido que podrĂ­a dar un premio al que lo adivine y además me diga que significa esa palabreja. En fin, tampoco se me ocurre cuál podrĂ­a ser el premio (se admiten sugerencias tambiĂ©n).

ALFONSO TIPODURO

Sonaba una de esas canciones de los setenta pretendidamente erĂłticas en las que Ăşnicamente se oyen suspiros y un Ăłrgano elĂ©ctrico de fondo…
–Hola, guapo.
–Hola, busco a Mauricio.
–Yo no conozco a ningún Mauricio, chato -dice una.
–Además, te has confundido de sitio, aquí no hay chaperos, no ves que somos todas chatis de gordos melones -dice otra enseñando los suyos.
–Para machos -dice otra vez la primera.
–Si te gustan los tíos este no es tu sitio, maricón -dice una tercera.
–Es…, bueno, era boxeador -digo.
–¿Boxeador? Vaya con el mosca muerta, le gustan los boxeadores -dice una.
–Ah, ¿No será Mauro el essayeur? -dice otra.
–¿Essayeur? -digo.
–Es verdad, antes era boxeador -dicen a coro dos de ellas.
En ese instante sale de una de las puertas mi antiguo amigo Mauricio. El no necesitaba anunciarse más. Ahora era uno de aquellos hombres alquilados por el burdel para ser muy atrevidos con las prostitutas, de manera que los clientes tĂ­midos siguieran su ejemplo. Lo que llamaban un “essayeur”. Nos abrazamos.
–Eh, tĂ­os, aquĂ­ no, por favor, esta es una casa decente -dice la de los melones.
–Va, calla ya, Lucy, es un viejo amigo, no un novio.

Después del “que tiempos aquellos” y todo eso le conté la historia. Había que hacerlo. No quedaba más remedio. De todas formas aún no tenía tomada la decisión. No había nombres, ni muertos, ni nada. Y, joder, había sido mi mejor amigo en tiempos difíciles para los dos.

Me dio las instrucciones. Sonaba un poco pedante pero contundente. No debía renunciar a mis sueños. Aunque nunca se cumpliesen, alimentaban mi vida. Todo lo contrario. Que un sueño se cumpliese lo convertía inmediatamente en una bazofia. Era mejor así. Los sueños cumplían su función. Era la acuciante realidad la que no me dejaba en paz.

–Un baño caliente. ÂżAquĂ­? No, mejor lo dejo para otro momento, pero te tomo la palabra, Âżvale?

ALFONSO TIPODURO


El teléfono suena con insistencia, cómo si alguien al otro lado tuviera una prisa desmesurada. Estaba dormitando. Me ha costado salir del sueño. Pero finalmente he descolgado el auricular.
–¿Hola? ¿Alfonso?
–Sí, diga.
–Soy yo, Gonzalo.
–Ah, hola, jefe.
–Tengo un trabajito para ti. ¿Puedes venir al local esta misma tarde?
–Sí claro, jefe.
–Vale. Aquí te espero.
–Vale.
Acabo de recibir una llamada de mi jefe. Tendré que ponerme en marcha cuanto antes. No le gusta esperar. Es de esas personas que están acostumbradas a que todo el mundo le obedezca inmediatamente y sin rechistar. Para eso te pago -dice. Y no hay más que hablar. Resuelve todos los problemas de la misma forma. Firma un cheque y chasquea sus dedos. Mueve tus ancas -dice, como si fuéramos ranas. Y problema resuelto. No le falta razón. Normalmente la gente nos rendimos a Mister Dolar sin la más mínima resistencia. Cogemos el cheque y acallamos nuestra conciencia para otro momento, si es que la tenemos. Yo no, desde luego. Mis ancas se mueven. Vaya sí se mueven.
El club estaba vacío a esas horas pero la música sonaba como si el humo pudiera cortarse. Sonaba Please, don’t talk about me de Armstrong. Entré. Recordé que había dejado el coche abierto pero no quise volver a cerrarlo. De alguna forma sabía que nadie iba a llevárselo. Pregunté por el jefe al nuevo camarero -un tipo feo que no había dejado de observarme desde que entré en el local.

–No está.
–¿No está…?
–No, no está.
–¿Pero vendrá?
–Sí, claro vendrá.
–¿Cuándo?
–Eso nunca se sabe. Es muy libre de venir a cualquier hora.
–Me llamó para un trabajito.
–¿Y no le dijo cuando vendría?
–No, no lo dijo, creía que estaba aquí ahora.
–Pues tendrá que esperarle.
–Está bien. Póngame un güisqui.
–Claro, como no.
Ahora sonaba Charles Lloyd. El bajo se metía en el estómago cosquilleando el alcohol de mi tripa. Algo agradable pasó por mi cabeza a pesar de la depresiva tarde. Recordé un buen polvo echado con esta misma música. Qué lejano. Sin embargo, volví a excitarme como aquella vez. El camarero no comprendía aquella sonrisa estúpida que se me dibujaba. ¿Acaso no estaba contrariado? ¿Cómo podía reírme así? ¿De qué?
El Jack Daniels comenzó a darme ardor. No había momentos perfectos. Ya lo sabía desde hacía mucho, pero me fastidiaba perder tan rápidamente esos atisbos de gozo sensual. Sentí la necesidad de encender un cigarrillo, como si efectivamente acabara de echar un polvo. El Camel me calmaba el desasosiego. Me sentía como aquellos días en que discutía toda la noche con mi amiga Fiora sobre esas tonterías que tanto me hacían reír.
–No soporto a Nino Bravo.
–Yo tampoco.
–Y ¿Por qué lo pone?
–Yo no lo pongo, es una grabación con todo eso grabado, sin que se pueda cambiar. Es siempre la misma música. Una mezcla de jazz y música latina.
–El jazz está bien pero considerar a Nino Bravo como música latina me parece excesivo.
–Eso pienso.
– …
–Bueno, por fin se acabó.
–También lo malo dura poco.
–A veces.
–La gran Aretha.
–Eso está mejor.
–Oye, ¿Por qué los camareros siempre estáis secando vasos cuando no hay nadie en el local?
–Es una costumbre. Una de esas cosas que no tiene explicación.
–Ya.
–De esas tengo varias. Por ejemplo, colocar los posavasos completamente alineados…
El camarero siguiĂł hablando pero ya no le escuchaba seducido por la sensual y profunda voz de Aretha Franklin. Se sentĂ­a de nuevo transportado. El camel le habĂ­a sabido a poco y encendiĂł otro.
El gĂĽisqui empezaba a hacer efecto. Radio Futura. Cuánto tiempo sin escuchar esa canciĂłn. Ahora el camel sabĂ­a a marĂ­a. Eh, tĂş. SĂ­ tĂş. Ese escritor que se sienta en su portátil y venga a darle a la tecla. Como si los personajes que salen de su… -iba a decir pluma- pero no. ÂżDe sus dedos? ÂżDe su teclado? ÂżDe su pantalla? SĂ­, eso de su pantalla. Salen y se ponen a hablarle directamente a la cara, sin necesidad de escribirlo en la pantalla. Porque los personajes se escriben a sĂ­ mismos. No necesitan de un imbĂ©cil que transcriba lo que dicen, lo que hacen, lo que sienten, lo que perciben, lo mucho o poco que sufren o gozan. Por favor, no hables de mĂ­. Va. Ese imbĂ©cil que tambiĂ©n está bebiendo un Jack Daniels y que en el fondo desearĂ­a ser ese personaje que se ha fabricado a base de malditismo de pacotilla. Es patĂ©tico ver como se devanan los sesos con la primera hoja en blanco. Hasta que el propio personaje empieza a vivir por sĂ­ mismo, a poco que le hallan dibujado la cara, la boca, el cerebro. Sale de la cuartilla -perdĂłn, de la pantalla- y empieza a hacer su vida. A pesar del escritor y sobre todo por encima y más allá del escritor, que no es más que un mero mecanĂłgrafo del personaje. Una secretaria al dictado del verdadero artĂ­fice, del verdadero maestro de la pluma -perdĂłn, de la pantalla. El personaje, el hĂ©roe o el antihĂ©roe. El personaje que se escribe a sĂ­ mismo en su anti-biografĂ­a imaginaria. El autor que sueña con ser su anti-personaje. El personaje que sueña con ser su anti-autor. Dos personas y una sola personalidad. Uno y dĂşo. Jugando a ser dioses. Y luego está el lector que completa la SantĂ­sima Trinidad literaria. Uno y trino.
–Eh, el jefe ya está ahí. En la trastienda. Ha llegado por la puerta de atrás. Te está esperando.
–Gracias, Charli.
–Yo no me llamo Charli.
–Es mi costumbre inexplicable, yo llamo así a todos los camareros.
Apuró el güisqui y masticó el hielo que le quedaba al vaso, era otra de sus costumbres inexplicables. Hubiera cogido el sombrero pero no lo llevaba. Eso sólo ocurría en las novelas de gánsters de los años treinta y estábamos en el siglo XXI. Algunos imbéciles llevaban sombrero, como para distinguirse del resto de los mortales. Resultaba ridículo. En la ciudad no hacía frío para llevar la cabeza cubierta. Quizás con ello intentaban atrapar a esos personajes. Para que no escaparan de sus cabezas. Se ponían sombrero. Y luego, una vez le daban un nombre al personaje, le dejaban vagar por las calles, ya identificado, con carnet de identidad y pasaporte. No siempre para la fama. Por cierto, ¿Cómo me llamo, imbécil? ¿Lo adivinas? Pero, por favor, no hablemos de mí.
–Alfonso, necesito que me hagas un trabajito.
–Usted dirá, jefe.
–Ya sabes que no me gusta que me llamen jefe.
–Está bien, jefe, digo, Gonzalo.
–Hay un canalla que está haciendo la vida imposible a mi familia. Quiero que lo liquides.
–No te andas con rodeos.
–No.
–¿Y cómo se llama?
–Eso no importa.
–Pero tendré que saber quién es para hacerlo líquido.
–Viene por aquí, por el bar.
–Ya, por aquí vienen doscientas personas cada noche. ¿No querrás que los liquide a todos? ¿Te vas a deshacer de la clientela de esa forma?
–No estoy para bromas, joder.
–Bueno, bueno… Vas a decirme de una vez quiĂ©n es. Y yo le doy el premio, como siempre.
–No, no como siempre. Ya te he dicho que hay que liquidarlo, liquidarlo, sabes, liquidarlo.
–Vaya. Eso… Yo no… QuiĂ©n es…
–Todo a su debido tiempo. Quiero que me jures que lo harás.
–Hombre… jefe, digo, Gonzalo, nunca he hecho un trabajito de esos. Yo nunca he pasado del mamporrazo y el susto de muerte pero sin muerto.
–Tienes que jurármelo.
–Joder, jefe… Yo le doy una paliza que no se acuerda ni de su madre, pero lo de darle pasaporte para el otro mundo…
–Te daré lo que quieras, el dinero no es problema, ¿Qué quieres? ¿Un millón?
–¿Un millĂłn de quĂ©…?
–Euros, joder, euros.
–¡Euros! Madre mía, ¿Va en serio?
–Pero no ves como estoy de desesperado. Si mi mujer se entera de mis negocios, gracias a ese capullo…
–¿Ah, pero tu mujer no..?
–No, no lo sabe.
–No, si digo que si no es la acosada.
–¿Mi mujer acosada?
–Vamos a ver, jefe, has dicho que un canalla le estaba haciendo la vida imposible a tu familia ¿No?
–Sí, pero no a mi mujer, imbécil, a mis hijos.
–Eso de imbécil ¿Por quién iba? ¿Por mí o por ese?
–Ese canalla es el que está amenazando a mis hijos, los persigue, los asusta. Si mi mujer se entera me quitarán la custodia.
–Siempre amenazan con lo mismo.
–¿Esos canallas?
–No, esas zorras.
–Cuidadito con lo que dices, Alfonso.
–PerdĂłn, jefe, si lo decĂ­a por la mĂ­a. Dama, dama, de alta cuna, de baja cama…
–Y ahora a qué viene esa cancioncita de Cecilia, se puede saber.
–No nada, jefe, estaba recordando.
–Bueno, basta ya. Si lo vas a hacer, dímelo. Ya sabes lo que hay de recompensa. Si no lo haces tú, lo hará cualquier otro.
–Por ese dinero, seguro… pero tengo que pensármelo un poco ÂżVale, jefe?
–Hazlo pronto. No puedo esperar más. ¿Entendido?
–Joder, jefe.

Lewis Carros

Luis Carros, o Lewis Carros, es el seudónimo de un escritor que ha dedicado su vida entera al cuento y a volvernos locos con sumas y lógicas, ambas ilógicas. Sus escritos rezuman una sensibilidad infantil a flor de piel difícil de imitar que son la delicia de grandes y mayores. Ha sido un autor ilustrado no sólo por Tenniel, sino también por todos los modernos dibujantes de animación. En torno a su vida y su personalidad circulan infinidad de equívocos y controversias: su travestismo, su condición de reverendo protestante, sus clases de inglés para ganarse la vida, e incluso el problema de sus nombres y seudónimos. Todos ellos, como su mejor y único editor, me veo obligado a desmentir y aclarar en la medida de mis humildes posibilidades: sin duda es protestante, aunque no profesa religión alguna; asiste a clases de un colegio bilingüe inglés-español, sin tampoco profesar; se traviste -al menos en carnaval y san Isidro- y, en este aspecto de la definición sexual, no le gusta que le llamen Luis sino Gonzalo -aunque eso depende de los días; por último, lo que podemos afirmar sin equívoco, por partida de nacimiento y asistencia a parto, es que se llama Laura y tiene cinco años, por lo que ha tenido que pedir a su padre que escriba esta heterobiografía, mientras ella se inspira viendo dibujos animados. A sus cinco años es toda una poeta.

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

SKY

Como tu nombre es otro,
cielo, y su sentimiento
no es mĂ­o aĂşn, aĂşn no eres cielo.

Sin cielo, ¡oh cielo!, estoy,
pues estoy aprendiendo
tu nombre, todavĂ­a…

¡Sin cielo, amor!

–ÂżSin cielo?

10. EL BAR

El bar estaba abierto y decidiĂł tomar una copa para entonarse un poco.
-AllĂ­ estuve yo, jodiendo en un hotel de esos…
-TĂş que vas a joder!
-ÂżQue no jode este…? …en todas partes!
-¡QuĂ© sĂ­, hombre, quĂ© sĂ­! …y me comĂ­ un solomillo… ummm!
-Qué solomillo, ni que niña muerta!
-Hombre, ahí viene el poeta. ¡Eh, poeta, ven aquí, a ver que dices tú!
-QuĂ© no me llames poeta, tengo nombre…
-TĂłmate una copa con nosotros, hombre.
-ÂżInvitas tĂş?
-SĂ­, claro, los poetas no tienen un chavo… ÂżVerdad, poeta? -dijo con sorna Cadenas- ÂżDe dĂłnde vienes asĂ­…?
-De conversar con el cura…
-Ya sabĂ­a que era guarro el cura pero te ha puesto de barro… madre mĂ­a!
-Va, dĂ©jame, paga una copa y calla…

GeografĂ­a elemental

Sccieto Borgia presenciĂł los tumultos de RPC e inmediatamente cogiĂł un aleatorium para el aeropuerto.

Nueva Geografía Elemental en 27 lecciones: Sajalín, Sikok, Kiu-Siu y otras 24 más…

Las palabras que era preciso pronunciar: Nec valet dicere, quod…

-Toma estas monedas de oro y déjate conducir adonde yo te lleve y haz lo que yo te diga…

Respecto de las convenciones, nos declaramos darwinistas. Si un nombre es capaz de sobrevivir en esta jungla convenimos en que se ajusta a la convenciones. Allá tu.

La política de la República se basa en la construcción de la libertad, la igualdad y la fraternidad entre todos y para todos los ciudadanos. Cualquier intento de subversión y vandalismo de estos valores será castigado con el destierro, ya sea temporal o definitivo, mediante votación popular.

Le jour de gloire est arrivé!

¡Qué la libertad, la igualdad y la fraternidad sean tus Políticas y guías!

El mundo es imcompleto, imperfecto, inacabado, inquieto, aleatorio … para qué sufrir con sus Políticos y guías, dejemos que la alegre anarquía reine en nuestros serios despachos, catedrales, palacios, torres del capital y el poder se diluya en todas las manos.

DIEZ BILLONES DE CUENTOS (gugolcuento)

He rescatado de la Biblioteca de Babel un famosísimo cuento que su autor perdió en un naufragio. El problema es que sus frases están arbitrariamente ordenadas de forma alfabética. Las combinaciones, variaciones o permutaciones* de las frases de este cuento dan lugar a la inimaginable cifra del título de este post (creo, pues las matemáticas no son mi fuerte). He puesto a mi ordenador a trabajar para ir combinando estas frases hasta dar con el original, pero según mis cálculos habré muerto cuando acabe. Estoy desesperado. No puedo abordar tal tarea yo solo. Abatido por esa desalentadora perspectiva, únicamente se me ocurre acudir a vosotros para que me ayudéis en esta ingente tarea. Estas son las frases:

A la madrastra no le gustaban los niños
Aquel día tuvo un sueño revelador
Aquello le recordĂł el brillo de las estrellas
Después de adentrarse profundamente
Dibujando en la pared con maestrĂ­a
El ruido de furias gobernantas
El viento soplaba sobre el lago
Estaba manchado de sangre
Estaban como locos
–Este amuleto es perfecto–exclamĂł sonriente.
La Iglesia de Cristo
Lanzad a inocentes y lánguidos poetas allí
Las frutas maduras cayeron al suelo
Le dio una palmada y despertĂł sobresaltado.
Le explicĂł lo que estaba pasando
Lo llevĂł al pozo para lavarlo
–Lo sentimos, pero hay que obedecer– decĂ­a.
Mientras ellas permanecĂ­an paralizadas,
No hay abrazo más fatal que el de la tierra
No le cabe la polla entre sus dientes de conejo
Nos quedaremos sordos
PensĂł: “AquĂ­ se puede descansar”.
Pero ellos continuaban sin parar
Se dirigiĂł hacia ellos con una encantadora sonrisa
Si todas las hormigas se ponen a cantar
SubiĂł al bote y remĂł durante horas
Un día, el más largo del verano,
Un miasmático señor
–Ya se han marchado–dijo.

Por favor, ayudad a esta alma en pena a encontrar el cuento original -o al menos alguno que pueda pasar por tal- antes de mi muerte!
PODÉIS PASARLO COMO MEME, A VER SI ALGUIEN ENCUENTRA EL ORIGINAL Y ME LO ENVÍA. ¡OS DOY CIEN TRILLONES DE GRACIAS DE ANTEMANO!

* Nota añadida el 7.12.06:
Un amigo, al que llaman El diablo de los números y cuyo nombre real es Hans Magnus Enzensberger, me ha dicho que el cálculo correcto es hallar el factorial de veintinueve, 29! (él lo llama ¡veintinueve pum!) y según mi calculadora el resultado es 8.8e+30, es decir casi un 9 seguido de 30 ceros.

SIR JAMES FRAZER

Yo ostentaba entonces el título de Sir y el nombre de James Frazer, exactamente igual que mi abuelastro paterno, del que heredé no sólo el nombre sino también una importante fortuna y conocimientos. De nada me sirvieron.
HabĂ­a que proceder, de todos modos, a la fragmentaciĂłn del ahorcado. Empuñé mi bastĂłn y salĂ­ a pasear, necesitaba aire fresco. Al llegar a aquella sĂłlida plaza un bufĂłn representaba, subido en un cono, el crepĂşsculo del dragĂłn. Era premonitorio. Siendo como era extranjero en todas partes, nadie dejaba de observar mis más Ă­nfimos movimientos. SentĂ­a fuego en el estĂłmago. Por fin el bufĂłn acabĂł con el gigante gráfico que representaba al dragĂłn. ¡Estaba confeccionado con tiras que podĂ­an volver a unirse! RememorĂ© mis aventuras, o más bien desventuras, en la habitaciĂłn de aquel loco, que al descubrĂ­r su máscara vomitaba el muĂ©rdago de la muerte. Pero yo me sentĂ­ liberado como un pájaro por la idea de aquel payaso. EmprendĂ­ como un perro salvaje mi carrera hacia la saturnalia. El sol era ahora tan fresco como la sombra. HabĂ­a llegado el momento…

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