KUNG FU CONTRA BRUCE LEE

Panda blanco contra panda negro. Kung Fu contra Bruce Lee. La Patada contra El Golpe de las artes marciales. ¿Cuál será el vencedor de esta competición exclusiva organizada por el más famoso de los Chefs? ¿Quién de ellos preparará el plato maestro, la gastronomía más exquisita? ¿cuál será más sano para el cuerpo y saludable para el espíritu? Veamos:
Kung Fu ha preparado una delicia de zumbidos y patatas voladoras, con ellas ha conseguido alimentar a una abeja que pasaba volando en ese momento. El murmullo del público ha impedido oír el delicado aroma de ese sonido, casi imperceptible para el oído.
Bruce Lee, por su parte, ha preparado un plato pequeño, como corresponde a su peso. Lo ha escondido en un compartimento del coche, muy bien guardado en la guantera. Lo ha llamado, con poca fortuna y falta de originalidad, “Ahí Bag, la hostia.”
El Chef ha concluido: “Quien da primero, da dos veces”. El público, en desacuerdo con el chef, ha querido opinar pero estaba demasiado ocupado en huir de las abejas asesinas.

LAS ESTRELLAS

Cuesta creerlas hinchadas de hidrógeno,
grávidas de helio y de sustancias cósmicas,
explotando en la bóveda del cielo.

Cuando las vemos desde aquí,
parecen los ojillos de peces diminutos,
parecen tan tranquilas y pequeñas,
que dan ganas de invitarlas a cenar,
de arroparlas con nuestras viejas mantas,
de dejarlas que duerman
hasta el mediodía,
de decirles que aguanten,
que no se dejen borrar
por ese azul que acaba
quemándolas de ozono,
vistiéndolas de día.

Pero yo sé el secreto de su nieve
y es que solo florece en las tinieblas.

Sea, humilde estrella.

Cuando cae la noche me pongo las gafas de sol, no hay quien aguante los leds de los semáforos…

Él tachaba lunas del calendario, con la ilusión de que algún día podría vestirse de cuarto menguante

Cuanto mas miro al cielo mas pienso que…

Cuanto mas miro al cielo , mas pienso que me contaminan , antes era azul , ahora se viste de gris , y pense que llovia , no hay paraguas que lo aguante , me voy a por una mascarilla

VIVA

En campo de azur,
luna menguante de plata.
En campo de oro,
dos bastones de sinople.

CONDENADO

Me gusta morderle el cuello como una rata. Sea dicho entre paréntesis, también en la entrepierna. Cierra la guantera, le digo. Es una moraleja tu mirada, contesta. Son veinte pavos, digo. Esparce los billetes como un árbol sus hojas en otoño. Gracias, digo, bonita demostración de poder. Y le descargo la culata sobre su cabeza. ¿Puedo fumar?, pregunto. Esta vez no dice ni una frase. Oh mundo, pienso. Qué precio tiene la cultura. Y rememoro de nuevo la infancia. Un polvo entre los senos, memento mori, pies ligeros de mosca. Dejo el cuerpo sobre la vaca y lanzo el coche al vacío. Adieu, sans adieu.

Gildas

La mujer que trata de quitarse el guante a lo Gilda jamás espera un bofetón sino un encendido aplauso al conseguirlo.

Lógica

La lógica es el ladrón de guante blanco del pensamiento.

ALFONSO TIPODURO

Es extraño las circunstancias que pueden llevarle a uno a hacer esas cosas. Quizás, si lo hubiera pensado seriamente, no estaría aquí. Pero ya no valen las lamentaciones. Estaba realmente en el Tíbet, aunque ni rastro de Leonard por ningún sitio, excepto en mi iPod, del que nunca me separo. Es como si los sueños siempre se cumplieran al revés. Yo tenía que venir aquí a desaparecer después de haber hecho el trabajito, no precisamente a terminar el trabajito. Y ahora ¿A dónde voy yo después? Las Bahamas no son tan baratas. Miró a través de la ventana del hotel -si es que podía llamarse así a esta covacha donde se alojaba- y vio pasar a un monje calvo con gafas de culo de vaso y dientes de roedor. Hombre, ese sí que ha venido -pensó, dibujando de nuevo su estúpida sonrisa. Este es un buen augurio -pensé.

En la recepción le habían dejado una nota. Se mosqueó. Quién coño sabía que estaba allí. Alguien sabía sus intenciones y ahora tendría que cambiar de nuevo sus planes. ¿No habrás sido tú, eh, imbécil? Abrió el sobre. Contuvo la respiración. Un telegrama de su jefe. Menos mal. Respiró. En él le indicaba el contacto que le llevaría a la casa de Alfredo en el Tíbet. Llevará una bufanda blanca y zapatos granates acharolados. Cuando acabes de leer este telegrama estará esperándote en la recepción. Él te conducirá hasta la casa. Qué jodío, el tío. Lo tiene todo controlado. Efectivamente allí estaba un tipo flaco y estirado que, con unos gestos afectados, le indicaba la salida. Y efectivamente, llevaba bufanda blanca y zapatos granates acharolados. El resto era bastante oscuro en él.
Abrió el coche negro que esperaba en la puerta y le hizo sentarse en la parte de atrás. Sin mediar palabra alguna el oriental arrancó el coche y se dirigió a la salida más estrecha de la plaza. El camino era largo y atravesamos varios tramos de bosque y prados pedregosos. La verdad es que el paisaje era reconfortante, tal y como yo lo había imaginado. El cielo era de un azul imposible y el aire era tan limpio que dolía respirarlo. No había estorbos. No había edificios. No había basura. No había imbéciles. Nada que ver con Madrid. Sólo esas montañas blancas de fondo.

Abrió la ventanilla hasta que el frío penetró en sus pulmones. Le dolía el pecho de tanto camel y tanta mierda de Madrid pero aguantó las gélidas bocanadas de aire. El tipo estirado le miraba de reojo por el retrovisor. Esto le incomodó un poco pero trató de olvidarlo. Parecía sonreír con esa enigmática sonrisa de los orientales tan distinta a la de los occidentales. Qué hubiera pensado la Gioconda. Nunca sabes que piensan estos tíos. Es una sonrisa servil y a la vez asesina y traicionera. Después de todo, tampoco va a ser un chollo vivir en el Tíbet -pensé. No soportaría esa sonrisa todo el rato. En todas las caras. Centuplicándose a cada paso. Mientras divagaba vi pasar una especie de caravana de búfalos o algo por el estilo –he de confesar que yo no distingo una vaca de un burro. Esos campesinos de duras arrugas no parecen sonreír así -pensé. Y me tranquilicé de mis inquietantes zozobras anteriores. Por poco tiempo. Enseguida comenzaron otras.
De nuevo nos internamos en un bosque y esta vez el camino se hizo más incómodo. El coche se atascaba de vez en cuando. Me temía lo peor. Me veía empujando. Menudo fastidio. El oriental, en cambio, no parecía preocuparse. Seguía impasible con esa sonrisa servil y traicionera a la vez, aunque el coche patinara como un conejo en una pista de hielo. Así que me relajé. Justo en ese momento el coche paró. No. Mierda. Me lo temía. Cogí los guantes, dispuesto a empujar. El oriental bajó y para mi sorpresa y alivio me indicó con gestos que habíamos llegado. Señaló con el brazo hacia un claro del bosque y también que debía seguir a pie. Una casa se adivinaba a medio kilómetro de allí. El tipo se metió en el coche y dando media vuelta se alejó de nuevo por el mismo camino que había venido. Mi auténtica sonrisa de estúpido se congeló en mi cara.

Llegué a la casa. No era la entrada principal sino una trasera. Era una especie de cabaña de pastores. Una casa de piedra y madera. No una tienda de pastores nómadas de piel de búfalo, como las que había visto en el camino. Aproveché para fisgonear un poco antes de decidirme a entrar. Algo me estaba mosqueando. Me sentía observado, quizás desde el bosque o desde dentro de la casa misma. Busqué en las dos ventanas que estaban a mi vista. No parecía haber nadie en ellas. Busqué en mi bolsillo para asegurarme de que mi pipa seguía allí. Fiel a su cita. Bueno, ya no queda otra cosa que entrar. Así que lo hice. Llamé a la puerta educadamente. Como un occidental. La puerta estaba abierta y cedió a mis coscorrones. Nadie parecía darse por enterado. No contestaba nadie. ¿Hola? -dije. ¿Hola? ¿Hay alguien? Fui pasando lentamente por el oscuro lugar hacia otra puerta. Era la que más luz parecía ofrecer. Igualmente sin ningún resultado. ¿Alfredo? ¿Hay alguien? Recorrí toda la casa, no era grande, apenas unas cuantas estancias. Nadie por aquí. Nadie por allí. Nadie. ¿Qué coño de broma es esta? -pensé. Así que salgo de nuevo, esta vez a la puerta principal. Justo delante de la puerta tropiezo con un cadáver. ¡Joder!
El cadáver está boca abajo. Una nota en su espalda escrita en mayúsculas y en perfecto español dice: Por favor, no hables de mí. Y firma Nicolette. Mi frase favorita. Mi jodida frase favorita. Qué coño es todo esto. Qué clase de broma macabra me están gastando. Levanto un poco el cadáver para ver su cara. Ni idea. No conozco a este tío. Bonita situación. A ver qué hago yo ahora. Lejos de toda civilización. Sin ningún medio de transporte. Sin teléfono. Sin saber dónde estoy. Sin nada de nada. Con un cadáver que no se quién es, ni quién coño lo ha matado, ni porqué. Definitivamente algo funciona al revés.
Lo más gracioso de todo es que al tranquilizarme y volver a examinar la escena del crimen -como dicen- me percato de un maletín bajo sus piernas. Y ¿A que no adivinas, imbécil, que contiene el maletín? Un jodido millón de euros en billetes pequeños. ¿El jodido millón de euros que mi jefe me había prometido por el trabajito? -pienso. No puede ser. Yo tenía que ver a Alfredo para acabar el trabajito con él. Se supone que no había nadie muerto todavía. Que no iba a tener el millón hasta que no hubiera llegado a mi jefe la prueba del finamiento del canalla. En ese jodido momento me entran unas ganas enormes de cagar. Lo que faltaba. Vuelvo al bosque -no voy a hacerlo en la casa- y mientras -pienso- podré vigilar al cadáver desde lejos -aunque no creo que vaya a coger el maletín y a salir corriendo. Cuál no será mi sorpresa cuando en plena faena depositiva veo volver al oriental en el coche negro hasta la mismísima puerta de la casa -el muy capullo- y tranquilamente comienza a recoger el cadáver, el maletín y no se qué otra cosa más -vaya despiste el mío- como si se tratase de un atrezzo de teatro. Sin inmutarse lo más mínimo, el tío. Tengo que alcanzarle -pienso. No tengo papel para limpiarme y, con las prisas, utilizo la nota de la tal Nicolette -vaya día que llevo, joder. Arranca el buga y se va con el fiambre y el maletín y … lo que sea. Así de fresco. Sin más explicación. Ahora sí que no entiendo nada. Así que voy a sacar mi pipa para hacer un disparo y avisarle para que no me deje aquí colgado, cuando me doy cuenta de que me he dejado la pistola al lado del cadáver. Mierda, mierda y mil veces mierda. Esa era la otra cosa que ha cogido del suelo el muy ladino. No tienes remedio, Sonso -me digo a mí mismo sintiéndome el más estúpido de los hombres.
Es inútil contar cómo y cuánto tiempo me llevó salir de allí, gracias a los pastores nómadas del Himalaya. El caso es que consigo volver al hotel-covacha pero de inmejorables vistas. En la recepción me avisan de que la policía está esperando en mi habitación. La cagaste -pienso. La cagaste burlancaster. Pero no. Si realmente tuvieran algo contra mí, no estarían avisándome ahora de ello -pienso. Así que decido subir a mi magnífica suite con vistas al Everest. No tengo nada que esconder, ni que temer. Yo no he hecho nada ilegal. Todavía. Lo mejor es comportarse con sangre fría y averiguar qué quieren, qué saben o qué quieren saber. No voy a salir corriendo y acusarme de esta forma de algo que no he hecho. Mientras voy mascando estos razonamientos, oigo una acalorada discusión en el fondo del pasillo, justo en donde se encuentra mi habitación. Mosqueo… ¿Será en mi habitación? Para asegurarme me escondo tras un saliente del pasillo y espero oculto en la oscuridad. La discusión sube de tono y puedo distinguir con relativa claridad dos timbres diferentes de hombre y uno de mujer. Todos hablando -mejor dicho gritando- en oriental. Ni pajolera idea de qué, pero, ahora sí, estoy seguro que es en mi habitación. Vaya, alguien está organizando una fiestecita tibetana, con chica y todo, en mi suite. Sin contar conmigo y ni siquiera me invitan -pienso. O tal vez sí. ¿No me estaban esperando? ¿Seré el invitado o el anfitrión? De pronto dos disparos me dejan más tieso que el rabo de un potro en celo. Se acabó la fiesta. ¿Son los cohetes finales? ¿O más bien la fiesta sólo acaba de empezar? Silencio. Nadie parece tener nada que celebrar. La discusión ha cesado. Durante un largo rato, que a mí me parece interminable, no se oye nada. Nadie parece darse por aludido. Ni siquiera el recepcionista o la seguridad del hotel. Nadie acude. Nadie escapa. Nadie grita. Ninguna sirena. Nada. ¿Estarán todos muertos, joder? De nuevo mi oportuna incontinencia, esta vez de carácter mingitorio. Aguanto como sea, pero yo no me muevo de aquí hasta que sepa a qué atenerme.

ALFONSO TIPODURO

Se despertó sobresaltado. La música seguía sonando en el iPod. Y era de nuevo Aretha Franklin con su Think quién le devolvía a la realidad. ¿Dónde había dejado la tableta de chocolate? Le dolía la cabeza. Le había metido garrafón, el jodido camarero, ese jodido novato le había metido garrafón y él sin enterarse. Para que luego presumas de distinguir el Jack Daniels a cien metros sólo por el olor. Un poco de Milka y se me pasa esta jaqueca -pensó.
Miró a la almohada y le hizo un gesto de desprecio. Últimamente no me ayudas en nada, jodida perra, tendré que decidirlo yo solito. Dio un mordisco al chocolate y un trago a su auténtico Jack Daniels. ¿Le gustará el güisqui a Leonard Cohen? Seguro que sí. Esa voz no se fabrica sin un poco -que digo un poco- con una buena cantidad de Jack Daniels. Y tú, imbécil, qué, sigues ahí, dándole a la tecla. Pero, por favor, como tengo que decirte que no hables de mí. Sobre todo ahora que tengo que decidirme.
Aquello era más difícil que chuparme los pezones.
Un fiambre. Un millón. La cárcel. Todo o Nada. Una apuesta fuerte. Huir para siempre. Adiós a los problemas o problemas para siempre. Un trago más. No puedo hacerlo yo solo. No. Tendría que hacerlo solo. Es poco un millón. Tendría que hacerlo solo. No todos los días te hacen una oferta así. No voy a compartirla. Debería pedirle más. No va a querer. ¿Escrúpulos? No. Yo no tengo. Pero ¿Y si me trincan? En chirona te hacen eso por detrás. Otro trago. Relajarse. Es mejor relajarse. Te destrozan el culo y a ver a quién reclamas. A ver a quién reclamas. Ciento sesenta y seis millones de pesetas. El doble son… casi trescientos treinta y … No querrá. Es mucho. Sería suficiente para mí. No. No va a querer. Cualquiera de esos lo haría por menos. Pero no puede darle publicidad. No puede ir por ahí diciendo si matas a este te doy un millón. No va a poner un anuncio. No conoce a muchos matones. Basta con uno. Claro. Basta con uno. Un trago. Y si le hago chantaje… No. Me liquida él a mí. Un trago. Ah, me duele la jodida cabeza.
Con dos millones se puede contratar un buen abogado. Que te limpie la mierda. Y sales del trullo ¿Y qué te queda? Nada ni un puto duro. Otra vez a empezar. Ni un puto duro. Joder. Esos si que saben cobrar por su limpieza. Y ni siquiera se manchan. Ni guantes, ni nada. Bueno sí. Con su lengua. Lo hacen con su lengua. Qué jodíos los tíos. Bla, bla, bla. Lamen por aquí, lamen por allá. Y si pagas lo suficiente, limpio. Como el culito de un bebe recién cambiado. Y ni se manchan. Qué tíos. Tú matas a un tío. Y ellos, bla, bla, bla, que no, que no, que este tío es más bueno que el pan, que le confiaría a mi madre, que no mataría a una mosca… Y se quedan tan tranquilos. Ni remordimientos les quedan. Tampoco tienen escrúpulos. Todo por la pasta. Lo juro. Como todos. Todo por la pasta. Te limpian limpiamente. La conciencia y los bolsillos. Qué tíos. Y tú estás limpio pero ya no puedes ir de copas. No. Ni un duro para copas. Estás limpio. Aunque acabes masturbándote por el ano. Estás listo.

El aviador cojo

En la esquina, tras el contenedor de basura, de pie, con las piernas cruzadas, mira a un lado y a otro de la calle, está esperando a alguien. Gorro de aviador decimonónico, gafas de cristal grueso tras el que se adivina su estrabismo de cartero, por mirar a un lado y a otro de la calle, una pierna más larga que la otra que le hace cojear. Una bolsa de papel de unos grandes almacenes colgada en la mano. Mirada extraviada, como un cartero que mira con un ojo a la carta y con otro al número de la puerta, como un espía, como un novio desesperado de esperar. Mira a un lado, mira a otro, nadie aparece, espera a alguien que nunca viene. Todas las tardes, hasta las diez o más, depende del frío, del aguante, de la esperanza de que ese alguien venga, pero que nunca viene. Luego se aleja poco a poco por la calle, siempre en la misma dirección. De vez en cuando vuelve otra vez la vista. Es inútil nadie viene, o mejor dicho, ese alguien no viene. Sigue andando con su cojera unos pasos más para volver de nuevo a esperar. Y si viniera ahora, mientras me voy. Tiempo perdido irremisiblemente. Pero no viene. No viene. No viene. Otra vez, unos pasos más, quizás ahora venga, esperaré aquí, en mitad de la calle. Presiento que hoy vendrá, justo cuando me haya alejado, cuando ya no me vea, cuando ya no me encuentre aquí. A la vuelta de la esquina. ¿Cuándo vendrá? Ya es tarde. Tengo que irme. Debió venir más temprano que yo. Mañana vendré más temprano. Sé que tiene que venir, que tiene que pasar por aquí. Algún día. Mañana. Seguro. Mañana. Mañana viene. Su voz, he oído su voz. No, no es. ¿Y si viene cuando me aleje? Espero… no, ya no espero más.

—¿Vamos, cariño?
—No… no. No viene.
—¡Joder, tío, vale!

EL BOTONES

El cartel rezaba: Mr. WikiSysop. Administrador general. Y nadie se atrevía a cruzar la puerta.
…

2004

27 de mayo

12:43

Alto secreto: Por favor, señor Jucao, hágame llegar sus comentarios con este membrete cuando las circunstancias así lo requieran para nuestros propósitos. –WikiSysop.

12:58

Estimado señor Juaco, me gustaría comentarle que se ha producido un apagón en la sección 59. Hemos tenido que repartir velas entre los clientes. Afortunadamente ya se ha solucionado el problema, sin embargo, le rogaría pusiera más atención en la vigilancia del sistema, ya que esto no hubiera ocurrido si usted mismo lo hubiera previsto en su libro de protocolo. Espero que el vuelo le resulte agradable a usted también. Mientras tanto, espero que la nave aguante, tal y como usted prometió.–WikiSysop.

Alto secreto: No es fácil mantener la ilusión de los clientes de que se encuentran en el balneario, sobre todo porque, como usted sabe, esta nave tiene sus días contados. No, no se alarme: como le prometí la nave aguantará aunque en ello me vaya la vida. Siento mucho el error cometido, pero en estas condiciones cada vez resulta más difícil mantener el engaño.–Jucao, Intendente mayor.

13:06

Yo no se por qué alguien se atreve a emularme y suplantarme descaradamente, pero empiezo a pensar que existen motivos ocultos, nada honorables… Continuaré mi investigación hasta descrubir al suplantador. Tendréis noticias mías en la Portada de la revista Mw, con su truculencia habitual, o en la sección de Actualidad, si todo sale bien. Esto no puede quedar así. La impunidad no es algo que yo tolere.–WikiSysop.

13:44

Alto secreto: Estimado señor, agradezco su sinceridad y en lo que de mí dependa haré todo lo que esté en mi mano para mantenerle motivado.–WikiSysop.

13:55

Estimado señor, hágame saber todo lo que ocurra y que pueda comprometer nuestra misión. Yo por mi parte así lo haré con usted.–WikiSysop.

Entendido. Gracias. –Jucao.

14:18

Estimado señor, haga trasladar inmediatamente a todos los clientes a sus respectivas estancias. Los últimos acontecimientos así lo exigen. Por mi parte le hago llegar el somnifero necesario para la tarea. Volveremos a poner en marcha el balneario cuando el caso Ani Cooper se haya olvidado. Mientras tanto aprovecharemos para poner un poco de orden aquí.–WikiSysop.

Señor, lo que me pide está fuera de mi capacidad en este momento, yo no puedo hacerlo sólo con la celeridad que exige el caso. Ruego su colaboración o esto será un desastre.–Jucao, Intendente mayor.

14:24

Está bien, dígame donde quedamos y le echaré una mano.–WikiSysop.

Cita: Señor, le espero en la trampilla del transbordador, así ganaremos tiempo. No se demore.–Jucao.

Alto secreto: Se me olvidó comentarle que he descubierto que los víveres escasean cada vez más. Esto no deben saberlo los clientes. Es por ello que le envío este mensaje con el Alto Secreto que acordamos.–Jucao, Intendente mayor.

…

– ¡Le he dicho una y mil veces que no pase sin llamar! – gritó exasperado Mr. Wiki Sysop, el administrador general.
– Lo siento – dijo tímidamente Jucao, y desapareció inmediatamente tras los cristales. La secretaria mirando por encima de las gafas también le dió la razón.
– El administrador tiene muy mal humor hoy, no te acerques a él.
– Estoy de acuerdo.
– Eso es cierto el otro día casi me ladra -dijo también el botones.

El perseguidor

El cielo es un perseguidor infalible.

Haciendo greguerías
en las altas esferas,
luna menguante de plata
en las esquinas
y olas de seda
buscando libertad.

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