Caos lacanianos
dentro de la cabeza
cuando cae una flor.

LAS ESTRELLAS

Cuesta creerlas hinchadas de hidrógeno,
grávidas de helio y de sustancias cósmicas,
explotando en la bóveda del cielo.

Cuando las vemos desde aquí,
parecen los ojillos de peces diminutos,
parecen tan tranquilas y pequeñas,
que dan ganas de invitarlas a cenar,
de arroparlas con nuestras viejas mantas,
de dejarlas que duerman
hasta el mediodía,
de decirles que aguanten,
que no se dejen borrar
por ese azul que acaba
quemándolas de ozono,
vistiéndolas de día.

Pero yo sé el secreto de su nieve
y es que solo florece en las tinieblas.

Sea, humilde estrella.

El mar y sus olas ¿piensan ¿Piensa la…

El mar y sus olas, ¿piensan?. ¿Piensa la hierba, piensan las vacas cuando comen?
¿Y el viento? ¿Y las montañas?
¿Piensa la flor, la abeja? ¿Y en qué piensan?
¿Puede el sol dejar de pensar a voluntad?
Las calles, los ríos y el obrero en la máquina, ¿piensan?
Dormir y no pensar, embriagarse y dormir,
para no pensar si piensan.

Tumbacuartillos y calamocanos 2

[Nota: léase con acento italiano, argentino o andaluz, a placer de uno]
Todos sabían que, en aquel puerto de piratas, la llegada del “Il Vicoratto” marcaba el comienzo de la ociosa tarde estival, la tangada, el vaso de ron.. y todo el mundo se puso a terminar sus últimas faenas para poder así iniciar el consumo del fruto de las “Parthenocissus quinquefolius” del país, como, misteriosamente para los demás, llamaba el boticario a lo que más les gusta a los Calamocanos.
Ugardo el Botánico fue el primero en acudir a la vera de la barra. Llevaba todo el día plantando una nueva semilla traída de ultramar y tenía -según él mismo dijo- “la cocotte seca por el sol y tenía que remojarla”. Conderoti que ya conocía su especialidad, como la de todos sus parroquianos, sacó el vaso llenándolo de grappa hasta el borde. El “culto padrecito de las flores”, apodo que debía desde hacia años al pasamanero, engulló su caldo de una sola gárgara, eructando satisfecho a continuación.
En pocos minutos la taberna de Conderoti había congregado a todos los religiosos practicantes de Calamoca, incluyendo a su oficiante mayor Chico Potaggio el Trompas, que tomo su habitual tequila.
Lombroso, con el metro aún en el bolsillo, quiso medir el volumen de cada uno de los vasos, anotando el consumo medio de cada uno de los bebensales, medidas con las que esperaba completar su teoría de la degeneración progresiva de la ética etílica de las razas, pero al quinto vaso, de las manos de un gigantón con sombrero que no se dejó medir los volúmenes etílicos, salió un bastonazo que degeneró sobre su cabeza, haciendo saltar el metro en quince astillas.
Juliaro Stacatto, el músico, sorteaba su violín entre la concurrencia para poder seguir pagando las deudas contraídas con Conderoti. Su habilidad para colocar el violín era sin duda menor que la que tenía para acabar con los vasos de hidromiel, puesto que aún no había conseguido vender ni un solo boleto. Claro que tampoco parecía mucho el interés de los presentes por un violín que únicamente les daba dolor de cabeza en las resacosas mañanas.
Más de una vez había sido amenazado de muerte musical -con el instrumento- por sus condescendientes vecinos si no dejaba de tocar. Era quizás por ello que el violín estaba un tanto cascado y, probablemente, alguno se lo hizo probar de hombros para arriba. Dado los problemas que este le acarreaba, esta mañana había decidido rifarlo en la taberna y por eso pasó todo el día abrillantándolo y dándole lustre…

EXT. CALLE BALLESTA, ESQUINA A DESENGAÑO (C/BED). DÍA

Tres ejecutivos en viaje de negocios, dos rubias rellenitas, una oriental vendiendo flores, un calvo orondo y sonriente, un señor de mediana edad con aspecto de lobo de mar, dos camareras con cofia y delantal, un tipo con la cara cruda, un pedigüeño, un poeta de mesa y pasacalles, un extraviado o un curioso con cartapacios y carpetas, un sherlock holmes vestido de travesti coqueteando con un watson engominado, una pareja de maduros abuelitos, un banquero estirado y barrigudo de ciento quince kilos discutiendo con un yonki torcido, desdentado y flaco de cuarenta y siete, “Rompetechos” con su mono blanco manchado de pintura, un cocinero chino con un cuchillo… y el barman, con cara de aburrido?

ALFONSO TIPODURO

Salió a la calle, el suelo estaba mojado y se respiraba aire fresco. Poco habitual en esta mierda de ciudad ¿Eh, imbécil? Lo normal es tener el moco más espeso del país y, en un solo día que te las pongas, los cuellos de las camisas más sucios que el rabo de una vaca. Maldita contaminación de mierda. En fin. Necesito despejarme. Encendió otro cigarrillo. Aspiró profundamente. Qué poco nos queda, imbécil -pensó. El coche no había sido robado y dibujó de nuevo su estúpida sonrisa. Qué seguro se sentía de sí mismo. Un millón por un fiambre. Era para pensarlo detenidamente. Por un millón podría retirarse. Tendría que hacerlo por narices. Quién iba a continuar en Madrid después de eso. ¿Tendría bastante para irse a Las Bahamas, por ejemplo? A lo mejor no. Y a un monasterio del Tíbet, ¿Qué tal? Su imaginación empezó a volar. Sí, con ese cantautor, joder, sí, ese que me gusta tanto… Joder, el güisqui hace estragos en la memoria, imbécil. Tenía que dormir. Sería mejor consultarlo con la almohada. Era una decisión muy importante. No podía hacerse a la ligera. Tendría que sopesarlo bien. Y de nuevo volvía a llover. Definitivamente en casa había mejor música y apretó el acelerador. De pronto le vino a la mente, el puto Leonard Cohen, ese era el cantautor que no recordaba hace un momento. Y se vio viviendo en el Tíbet con Leonard Cohen y un monje calvo con gafas de culo de botella y dientes de roedor. De nuevo esa estúpida sonrisa afloró en su comisura.
A estas alturas debería haberme presentado. Ojos y sienes algo hundidos, frente prominente, orejas pequeñas, mentón partido, labios finos -últimamente también partidos- y pómulos salientes. Cualquiera diría que soy un frankestein pero en realidad suelen decir que le doy un aire a Ralph Fiennes. Yo no creo que sea tan atractivo, aunque opiniones hay para todas. Desde luego mis ojos no son azules sino verdes. Creo.
Decir que llevo una vida ordinaria es un halago para esta anodina y rutinaria inactividad que la caracteriza. Lo más exótico que me sucede es echar a los miembros borrachos del club a la puta calle cuando mi jefe me lo ordena. Me da cierta sensación de poder sobre esos ricachones. Maldita sea. Y ocurre tan pocas veces que finalmente mi jefe ha decidido llamarme por teléfono sólo cuando hay algún problema en el club. La gente que lo frecuenta es muy civilizada. Al menos en apariencia. Creo que lo decidió así, para que no fuera yo el primer borracho que acababa todas las noches vomitando en el servicio de su trastienda. Ya ves. Había tan poco trabajo para mí que todas las noches trasegaba varios güisquis y poco más. Mi jefe debió pensárselo mejor y amablemente rehizo mis obligaciones. La música que ponen es buena, aunque siempre sea la misma. Yo no soy un portero. Se supone que me paga para mantener la seguridad del club y de mi propio jefe. Sin embargo, los que entran al club, son miembros selectos y adinerados. Escogidos personalmente por mi jefe. No parece equivocarse mucho y eso me deja a mí sin acción. La verdad es que, para mi descargo, borrachos, lo que se dice borrachos, no he echado jamás a ninguno. Esa es la excusa que utiliza mi jefe para quitarse de en medio a los miembros del club que no aprecian sus trapicheos financieros. Les expulsa y punto. Y yo me encargo de quitarles las ganas de volver, calentándoles un poco las costillas. Tengo un trabajito para ti, dice, y yo me acerco por el club. Él me indica desde la ventanilla de su trastienda quién es el afortunado y yo procedo a darle el premio gordo de la noche. Eso es todo. Entonces tengo derecho a güisqui gratis y a cobrar mi jodido sueldo de matón -que no está nada mal. Así pueden pasar meses hasta que me encarga un nuevo trabajito. En ese paréntesis he de vivir sin otra ocupación que mis maquinaciones mentales y mi propio güisqui y mi propia música en mi propia covacha y con mi propia soledad de matón de tres al cuarto.
Antes de ser este tipo desagradable al que todos temen he sido cosas peores -peor sobre todo por la falta de la pasta gansa que mi actual ocupación me proporciona. Por ejemplo, investigador privado -como dicen los finolis- o sabueso -como todos nos llamamos en la profesión… antes de esto… madero, y aún antes guarda de seguridad, tramoyista, mozo de almacén, barrendero, pocero, guarda de puercos y, excepcionalmente, el único oficio en el que no tenía que limpiar la mierda de la gente, pinchadiscos, gracias al cual me viene mi afición por la música.
Mi flamante y ascendente curriculum se está completando, ahora que me sobra mucho tiempo, con estudios de derecho -otra demostración de mi tendencia a acabar ejerciendo profesiones con inclinación a la coprofilia, aunque esta vez se supone que más refinadamente malolientes. Muy limpias, si señor.
Sin embargo, soy un tío obscenamente feliz.

He decidido ser escritor. La divina trinidad formada por el lector, el personaje y el autor en una sola persona me atrae como un agujero negro.

Era, como todos la llamaban, la dame de voyage. Una auténtica muñeca.

Eso decía él. Yo lo vi de otra forma. Qué juzgue el lector.

CONDENADO

No estamos llenos –dices– y bien, qué más da. Todo aumentará de nuevo algún día, incluso los gusanos recorriendo tus góticas arterias. Con nueva índole –lo sé– me regalarás aquel puro y aquellas ligas de color rojo que te pedí, estoy segura. Vale, he comprendido, hoy no te mato. Conservarás tus hombros, tu familia. A oscuras, a ciegas… reconocerás que te gustaban mis irreductibles piernas. Oh corazón, quiero lavarme, ya no me rindo a tu caricia. Vete segurísimo, pues tus grotescos encantos ya no me ponen en marcha. Conservo tan sólo el exclusivo recuerdo de un saltimbanqui que me llenaba de besos. Sobre mi eterna y joven piel sólo se corren ahora los demonios en violentas sacudidas. Ya soy, al fin, la Venus de alma tétrica que ha sido testigo severa de terribles deformidades y quimeras. Es asqueroso, ciertamente… Pero mis facultades, al menos, sorprenden a estas incautas gentes. Como es debido, cada víspera me levanto y elijo con cual de ellos volveré a fornicar. Hay esqueletos muy rezagados y tontos, sin duda, pero que gritan hasta ascender al placer inconmensurable de mis atroces lujurias. Retuerzo sus raíces, soy mala –lo sé–. Sobre el taller florido de mi pecho, que allí anda suelto todo el día, pongo también a la virgen pecadora y la azoto, le castigo las nalgas y los pechos. ¿Quién queda viva? Alguna burda protectora de los mártires, entrenada a sufrir. Pero entonces le regalo mis joyas y como una corderita regresa rauda… y adiós Gracia. Vale, corazón, nadie te obliga hoy, estás de suerte. Me lo hacían, sí, si tu querías. Y ¿adónde voy ahora sobre este terreno pantanoso? Vos sois el proveedor de mis defectos modernos y repugnantes. Pero en gritos de vanidad te llegará la locura –lo sé–. Entra, sigue mi consejo. Ahora recordarás cuando rodábamos hacia la mortal luz que nos rodea…

La noche

La noche empezaba a tragar el bosque cercano. El pesado aliento de la niebla otoñal se acercaba húmedo y sigiloso. Salió al pequeño cementerio de la iglesia. Ya nadie se ocupaba de él. Y deseó morir. Un repentino vértigo se apoderó de sus vísceras. Estaba a punto de desmayarse. Sus rodillas se clavaron en el suelo, su frente sobre una lápida. En su amplio mentón se imprimieron las primeras letras inscritas en una abandonada tumba: SOL… El resto de la inscripción estaba tapada por el barro, los trozos degradados de flores de plástico y una esquelética y deshojada corona de alambres torturados por el tiempo. Una repentina mueca se incrustó en su cara, sus ojos brillaron y por primera vez en su vida una lágrima se lanzó al vacío aterrada quizás porque aquel monstruo sin sentimientos hubiera sido capaz de expulsarla de sus sorprendidos y vírgenes lacrimales. Clavó sus uñas en el barro y comenzó a cavar con la desesperación de un condenado en las mazmorras del infierno. La letras esculpidas en piedra hablaban: SOLEDAD MARTÍN DE GAYOL – R.I.P. […]

Brothers in arms

Ante tanto bendito, mi hermano y yo, nos hemos visto obligados a beatificar y santificar a nuestros hermanos más recalcitrantes:
S. Fermín, por sodomizar a los toros de Pamplona (aunque ahora los que se corren son los toros)
Sta. M. Goretti, por hacer películas porno-gore, snuf movies y demás vísceras, todos los días en las noticias.
S. Marcial, por sus desfiles enculatorios y patrióticos.
S. Justino, por su estrecheces mentales y espirituales, que no materiales.
S. Celestino, por mediar entre los amantes (a uno le daba por detrás y a otro por delante)
S. Pascual Bailón, por beberse todo el riveiro y quemar sus bosques en Galicia, después del delirium tremens.
S. Isidro Labrador, por no ser alcalde, en lugar de otros paracas, y por dedicarse a cultivar el hambre en vez de los pepinos.
S. Florián y S. Floro, por desvirgar adolescentes ya sea física o mentalmente (o sea, como todos los curas)
S. Zenón, por darse esos atracones y grandes cenas, que, sobretodo, llevan a las sepulturas a los que no comen.
Sta. Leocadia, por esparcir el gas de la risa en los campamentos de refugiados.
Sta. Bárbara, no por estar como un tren, sino por hacerlos explotar.
….
Y todos los santos y santas de la jodida Tierra… Pregate per noi !

Noi consacriamo questi nuovi servitori della Chiesa!

El dolor fluye ignorado y disperso en las…

El dolor fluye ignorado y disperso

en las oscuras venas de las almas callejeras

por calles desalmadas;

repta como gusanos

por túneles y cloacas

de ciudades muertas,

asesinadas en la inmundicia;

tuerce por las negras ventanas

de niños acuchillados en el hambre;

pudre las florestas,

infectas de bandidos

despiadados y abominables;

y unas jaulas apestadas por la lepra

desparraman el veneno de la carroña

entre la reseca jauría inhumana de la selva…

Cumpleaños

Cumpleaños de F. Mucha maría. Setas alucinógenas de D. ‘’Eres de Kentucky y no te enteras’’. El ‘’glamour’’ de R.A. La ‘’joyita’’ argentina. Las pruebas de A. Choque generacional. El novio de D., R., un cubano que trabaja en un bar, sale tarde. Llevan años juntos. La moneda del Ché que R. le regala a F. Un cúmulo enloquecido, estamos atrapados en él. Alguien tiene que imponerse. Coqueteo de F. con Al. Coqueteo de JJ. con Al. Intereses comunes de los dos: buceo.

El cultivo de la maría, un tema alucinógeno, por Al: se siembran las semillas en la luna nueva de febrero. Cuando crecen se separan los machos de las hembras, se acaba con todos los machos. Tampoco es eso, dice F. Déjale continuar, digo. Si sigues con el doble lenguaje no continúo contándolo, dice Al. Bueno, sólo se dejan dos machos, separados, mientras crecen las hembras, entre tanto los machos pelean entre sí, sólo uno de ellos podrá fecundarlas. Las hembras se continúan cuidando: todos los días agua, depende del sol que les de, pero no les puede faltar el agua. Es algo animal, comento. Pero estamos hablando de una planta. Sí, el macho muere después de fecundarlas. Y entonces ¿Te quedas sin macho?, dice F. con estupor, No, no, vuelven a salir. En cualquier caso no sirven como alucinógenos, sólo las hembras. Se recogen y hay que dejarlas secar boca abajo, colgadas en un armario, por ejemplo. Listas para hacerte volar, cuando salen del armario. ¿También?, dice F. Rica maría de Al: hembras alucinógenas.

JJ. el lado claro, el artista, frente al lado oscuro y sombrío que yo represento en su cuadro. A., pequeñas complicidades críticas, él también es una cámara de vídeo, como yo, mudo y a la expectativa. Sólo deja su cámara de vídeo virtual cuando adquiere el papel de crítico cine-literario y entonces podemos tener pequeñas complicidades: la visión de F., el gusto por lo rebuscado, ironías sobre arte…

La presentación de R. es un tanto tabú. Sólo que es cubano. No tengo ni idea que relación tiene con cada uno de ellos, soy el único que no le conoce. Se presenta: R. Es cubano, dice F. Incomodidad por no saber a que atenerme. Un absoluto desconocido. Hasta que acabo deduciendo que es la pareja de D. que ha estado observándome como distraído pero muy tenso, desde que R. se ha sentado a mi lado, entre F. y yo. Ahora se cierra el círculo: somos una flor alrededor de una mesa, cada uno somos los pétalos que beben el rocío -la cerveza- del centro. Las abejas -los paseantes de alrededor- van en parejas, tríos, grupos de insectos libando y revoloteando, se paran en esas otras flores, liban y se van.

Empieza el nuevo juego del siete. Somos F., Al, D., A, JJ., yo y el cubano R. El cumpleaños de F., 37. Algunos ya no los cumplen, dice F. mirando con sarcasmo a D. Algunos no llegarán vivos, dice D.

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