pies por el fango que nos conectan ante…

pies por el fango
que nos conectan
ante la vieja escuela
sin darse cuenta
reman suspiros
reverdece el olivo
sombras nada más
humareda escarchada
un billón de haikus
se sumerge en el magma
manos vacías
entre amapolas rojas

Palabras de fango

Abrazaré a los sagrados y pálidos andantes,
que en sombrías y débiles corduras de borrachos
y en espantables o líricos libracos han creído,
desdichados, a los que voto por su arte,
que fueron elegidos, por la crueldad del hambre,
nuevos esclavos de amantes encantadas
con lodo amargo, secreto y conmovido
por fabulosas e ignorantes costumbres
a las que otros volverán dramas insípidos,
sin esas embrujadas vistas de embriaguez,
ni el catecismo abandonado de palabras
que embrutecidas marcharon a su albergue,
mientras inmundas y solícitas piden ahora
perífrasis de dolor precipitado en fango.

SOLVE ET COAGULA

Oh, exclama, como nunca,
mientras este demonio lleve miseria
sin razón, que a otra ciudad o
tiempo marche con deseo ingrato
entre la bruma para
cuajar lágrimas deshechas
pero súbitamente
maraville su riqueza.

Por ti, cada caída en el fango,
la fuerza del camino, tu amante
despojada de vestimenta,
mas pronto todo el aguardiente
de satán, que causa esa visión,
querrá este tiempo
de pillaje, no santo.

Adorar la miseria de occidente
La novela que enciende
Su última hoguera y
cultiva la domesticidad
al solicitar mi abominio,
que alguien tiene ya dorado,
por enternecidos estados.

Mi desenfreno llora, pero
Sigue adelante su alegría,
asumiendo que está condenada,
y continúa haciendo oler al pueblo
con el sauce de las multitudes.

Qué nadie se persiga el rabo ni se…

Qué nadie se persiga el rabo,
ni se pise la picha mal,
porque ya no será cabo,
ni hombre, ni animal.

contra las cuerdas
pies por el fango
vals de la tarde
inundando su acuario
pescando ideas
se confabula
atajo de la muerte

La heredera de Aquiles

Pero hete aquí que aquel oráculo de la desdicha señala los peligros y algo indefinido sobre ciertas alucinaciones en las que, mientras estás atrapada hasta las axilas, surgen del mar nuevas naves con cascos abollados que desembarcan en el puerto. Entonces, las rezagadas muchachas sufrimos los espantosos estragos de sus huestes por todo el país.
Me revolcaré en el fango para camuflarme, pienso yo. Y, mientras dejo el arco sobre el suelo, les veo acercarse marcial y sigilosamente. Con aquella insoportable tensión mis músculos se agarrotan. No podría describir algo más real y terrorífico que aquellas guerreras moscas abatiéndose sobre mí. No puede ser humana esta alucinación, pienso yo. Al fin, me tiendo sobre el fango, pues ya mis piernas me han dado permiso para hacerlo. Oigo además, mientras casi me alcanzan, consejos susurrados por el bosque que se encuentra a mi espalda. Ya nada importa, me dice un viejo árbol, cúbrete bien con el barro milagroso de Aquiles, una gloriosa y larga vida te espera.

AHASVERO

La falsa idea de que Adán fue expulsado del paraíso ha provocado un desconocimiento de la verdad que me veo obligado a desmentir. Siempre se ha escrito que, una vez probado el fruto del árbol, Dios le castigó a salir para siempre del paraíso. No fue así en absoluto. Adán fue condenado a vagar por la tierra al perder su inocencia primordial. Siempre es así: cualquier nuevo conocimiento nos expulsa de algún paraíso. Sólo que Adán no murió por ello y vive aún acosado por su atrevimiento. Difícil es verlo por ahí, desde luego, pues sus cabellos han crecido a lo largo de los siglos y ya no puede arrastrarlos por el lodo, sin embargo, es posible encontrarlo junto a Lilith, aquella terrible madre que le ofreció la manzana y que también derrama su vientre por el fango como la serpiente que les obsequió con la sabiduría prohibida. ¡Lástima que no la hayamos heredado los descendientes de Caín!

COPROFILIA

La engañosa geografía del meadero
Y la bella ortografía del orín fangoso,
Navegando en murallas amarillas
O en blancos nidos de la polla
En que, esparcidos, quedan
El agitado musgo obrero
Y la fétida plegaria del burgués
Levanta el apetito carnal
De aquel castrado y lujurioso
Rábano, de benedictas plumas,
Por la promesa cálida de oro
De sátiros satanes evacuantes.

MEMORABLE

Estaba pensando en eso. Un día te das cuenta que has agotado tu vida sentimental -por llamarle de una forma suave. Recuerdas aquel día, que quizás fue el clímax de tus relaciones amorosas, en que mantuviste cinco coitos con tres amantes diferentes -el segundo de ellos fue, sin duda, el más agraciado, con tres polvos en una sesión inolvidable de virilidad inusitada. Y te das cuenta que ahora ya no volverán esos días jamás. Que se te ha acabado el tiempo, la energía y -claro está- las oportunidades. Has perdido tu último tren y ya no hay más amantes antes de tu final. Pasan de largo a tu lado. Realmente están como trenes y pasan como trenes, pero tu no vas a entrar en ninguno, porque la última vez que entraste en uno era para volver del trabajo.
Al menos queda el recuerdo. Qué día aquel. Yo no creo haber producido nunca más adrenalina -entre otras cosas- que aquella gloriosa jornada de ****** en celo. Mi **** salía y entraba incansable -mañana, tarde y noche- en los ***** de aquellos amantes, dueños de mi ajetreada vida sexual, rellenándolos de ****** crema por su ****** hasta hacerles rebosar de semen desde sus enculadas nalgas hasta sus piernas.
Aquellas abundantes e intensas ******* fueron sin duda mi cenit y el principio de mi decadencia. Tras la cumbre ya sólo cabe el descenso, más o menos precipitado.
Ninguno de ellos sospechó ser uno más aquel día. Se sentían únicos depositarios de mi magmática y láctea ****** y me lo agradecían con sus arrebatados y roncos gritos de placer y sus aullidos de ****** en celo. A todos les di por detrás con toda mi alma lo que tan hirviente e irrefrenable brotaba de mis *******. Fue quizás por esa sobreabundancia con cada uno de ellos, que ninguno se sintió traicionado ni cornudo y, más bien al contrario, hincaban entusiasmados sus -para ellos- imperceptibles astas en la almohada y -arqueando sus excitados vientres- elevaban sus redondos y hermosos ***** hasta al altar de sacrificio. Yo les esperaba, sujetando con firmeza sus caderas, con mi duro y gordo ariete, ejecutando el ritual más salvaje y placentero que jamás hubieran soñado. Los atravesaba una y otra vez haciéndoles correrse repetidas veces mientras gritaban “más, más, más…” Y yo les daba, generosa y prolongadamente, “más, más, más…” jadeando y sudando como un sátiro, como un cerdo asquerosamente feliz de revolcarse en el fango de nuestras lubricidades.
Yo era afortunado entonces. Obscenamente feliz y afortunado, y también ellos. Pero la vida es una única cumbre y muchas fosas. Memorables también.

[Nota: el editor ha suprimido algunas palabras con asteriscos por demasiado obscenas; me es igual. Que la imaginación del lector lo supla con creces y probablemente con mejor fortuna que yo mismo.]

La verdadera revolución no está en la calle, está en la cabeza

Para el mal nihilista todo está bien, él no cambiaría nada, se siente a gusto revolcándose en el fango de su nada. El buen nihilista, en cambio, como Pessoa, reniega, reniega de todo, reniega incluso de más, porque, al contrario que el mal nihilista, cree que hay que cambiarlo todo e incluso más.

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