Sigilo de otros tiempos:
se estremece una estrella
—dijo el judío errante.

EVOCACIÓN

en este mundo tan ancho tan ajeno
en este Ser tan inescrutable y ausente
cuando en las noches las horas se linchan
y huelo la muerte tanteando mi cuerpo

evocarte me salva

entonces el pájaro que anida en tu boca
me sobrevuela con ojo predador
cae como kamikaze ebrio de sake
y se convierte en catapulta de fuegos

me salva ese dolor tan suave con el que nos tocamos
sentir los cuerpos desnudos dispuestos a arder
tu sexo que diluvia amapolas embriagantes
y mi noble madera cavando hondo entre tus muslos
hurgando en tu pequeño cráter del infierno
hasta que sobreviene un estruendo de laureles
que nos estremece como huracán hambriento
y todo el otoño se convierte en tibio pan

en este mundo tan inescrutable y ausente
en este Ser tan ancho y tan ajeno
cuando la muerte clava los colmillos de su furia
y una lluvia roja está por asfixiarme la garganta
evocarte

me salva

EXT. SABANA DE ÁFRICA.

El día transcurre rápido en África.
Cuando cae una flor
se estremece una estrella.
Bajo el sol de África
llueve silencio,
de verde primavera
no alumbra la noche.
Con fósiles de nieve,
cuatro jinetes vuelan.

PANDEMONIA

Allí donde tu cuerpo
me galopa.
Allí donde tus ríos
se desbordan.
Allí donde caminan tus caricias,
mi frágil cuerpo
se estremece y derrama
la tarde y el perfume,
el perfume y la esencia
de mis labios.

Multitud

–Permíteme que te cuente, estimado Ahasvero, porqué vivo en la calle, buscando siempre alguna multitud aglomerada y atronadora. Yo era muy joven entonces y un día asistí a un concierto en Las Ventas. Ya ni siquiera recuerdo quién actuaba. En mi memoria sólo se ha fijado este hecho que te voy a contar. Aquel día en la plaza no cabía ni un suspiro. En medio de aquella abigarrada multitud una cálida mano se introdujo dentro de mi falda. Hábil e inexplicablemente me rodeó con su brazo y dio un giro a la misma, dejando su abertura hacia atrás. Primero sentí miedo, pero aquella suave y tibia mano no parecía buscar otra cosa que mi posterior regocijo. La muchedumbre no me permitía moverme y me dejé hacer, vencida por la sensual caricia que esa mano me propiciaba a través de la abertura de mi minifalda. Pronto me inundó un ardoroso estremecimiento. Enlatada en medio de aquella humanidad, empecé a sentir aquel enorme paquete en la abertura de mi falda, deslizándose suavemente, apartando mis bragas como un ariete, duro, ardiente e imparable. Yo palpitaba como un gazapo atrapado pero voluptuoso y lúbrico. Sentí como aquel inflamado y duro pichón comenzó a estremecerse dentro de mí al atávico ritmo de la música. Yo le atrapaba entre mis labios para no dejarle escapar hasta que ambos estallamos vertiendo nuestra inesperada, cremosa y acalorada miel de juventud. Desde entonces, en que gané mi frenético desvirgamiento, amo las multitudes y los conciertos…
– ¿¡Cómo has podido olvidar, queridísima callejera, aquella música, aquel sublime primer concierto de tu inaugural desvirgar vital en que los Beatles tocaron magistralmente I Want To Hold Your Hand y Come Together mientras te fundías con la multitud y eras atravesada por aquel desconocido falo!?
– ¡Eh, eso no te lo he contado, era mi secreto, ¿Cómo lo sabes!?
– Permíteme que te cuente, mi amadísima melómana, Lady Madonna. Yo tenía casi 20, como tú, pero no eran años, sino siglos, y estaba detrás de tí… and I Can’t Work It Out Of You, Penny Lane.

ARTEVIRGO

LOS CÓDIGOS DESATADOS
Cuando el tiempo devolvió las cifras
escondidas de la juventud cometida,
llegó, para estremecerme,
un idioma imprudente,
que desató los códigos
hasta dejarme ciego de mirar sin ver.
Fui llevado cada mañana
a una nueva certeza maldita,
a un nuevo cobijo blando y cálido,
condenado a los ingenios.
Ignorar da delicias y alegrías viejas,
da, entonces, el poder, el respeto,
la envidia desnuda.
Bienaventurado el que olvida,
porque no necesita devolver nada al espíritu.
Feliz sea por siempre
el que miente y acecha,
feliz sea, que le sobrarán ojos.
Digo que deseo
su eterna buenaventura.
Entre impulsos transcurra
su letargo de larva.
Cada mañana prodigo
planes certeros, estrategias solemnes.
Cada mañana un rito, un respirar ancho
que me devuelva la llave,
que someta los signos. Un pozo cavado,
un laberinto, un bastón… Ninguno
me basta si me acosa la palabra,
si, imprudente, desato los códigos
del tiempo.
Maldigo los bordes y las cercas.
Escupo a los guardianes de la sangre.
Seiscientas sesenta y seis veces
seiscientas sesenta y seis
quede su afán derrotado, cada mañana.
Ni parapetados en cifras
me esconderán de nuevo.

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